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La Martínez: el teatro que cuenta las historias del barrio

Desde las colonias General I. Martínez y Tierra Blanca, el colectivo potosino construye procesos escénicos con sus habitantes, recupera espacios públicos y lleva a escena las memorias de la periferia.

Por Estrella Govea PULSO

Noviembre 08, 2026 03:00 a.m.

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La Martínez, el teatro que nace de las calles y las historias de la periferia potosina

Estrella Govea

estrellagoveap@gmail.com

Desde las colonias General I. Martínez y Tierra Blanca, el colectivo teatral La Martínez construye procesos escénicos con los habitantes de la periferia. Su trabajo parte de las historias de sus vecinos, la memoria de sus barrios y la necesidad de recuperar los espacios públicos como lugares de encuentro.

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El teatro no siempre comienza en un escenario, en la periferia de San Luis Potosí también puede surgir en una calle, una cancha o un parque, entre vecinos que comparten historias y encuentran en el arte una forma de reunirse.

Desde esa perspectiva trabaja La Martínez, un colectivo de teatro comunitario que, desde 2019, desarrolla procesos escénicos en las colonias General I. Martínez y Tierra Blanca, con la intención de que sus propios habitantes participen en la creación y narración de las historias de sus barrios.

Premio y origen del colectivo

Su fundador, César Gerardo Zavala Canela, recibió el Premio Estatal de la Juventud 2026, en la categoría Impulso a la Cultura y el Arte, por el proyecto "Teatro comunitario desde la periferia: fundador del colectivo teatral La Martínez". Sin embargo, antes de este reconocimiento hubo una inquietud compartida entre jóvenes que, desde su formación artística, comenzaron a cuestionar la manera en que se relacionaban con sus comunidades y las posibilidades de llevar el teatro a espacios alejados de los circuitos culturales habituales.

EL TEATRO COMO PUNTO DE ENCUENTRO

La primera experiencia que despertó el interés de Gerardo por el trabajo escénico en las colonias ocurrió durante su formación en el Centro de las Artes de San Luis Potosí. Ahí colaboró como asistente técnico de la compañía La Carrilla, que desarrollaba un proyecto llamado Invisible, un monólogo que llegó a distintas colonias de la ciudad, entre ellas la General I. Martínez.

Su participación consistía en apoyar la convocatoria de los vecinos y atender algunas necesidades de producción. Aunque se trató de una sola función, aquella experiencia le permitió observar el interés de los habitantes por participar en actividades escénicas y ocupar los espacios públicos de su entorno.

A esta inquietud se sumaron las conversaciones con Misael Rivera, dramaturgo y director con quien coincidió durante su formación artística. Ambos provenían de contextos periféricos: Gerardo de la General I. Martínez y Tierra Blanca, y Rivera de San Juan de Guadalupe y El Aguaje. En sus conversaciones identificaron las problemáticas que atravesaban sus colonias, entre ellas la presencia de pandillas y situaciones de violencia relacionadas con el narcotráfico.

La intención fue generar un espacio de encuentro para las juventudes que habitaban esos territorios. Así nació La Martínez en 2019, con el respaldo del Teatro El Rinoceronte Enamorado, que les abrió sus puertas para una primera temporada.

Su primera obra fue Toro Toro, una propuesta que Gerardo describe como una carta dirigida a sus padres, pues reunía historias familiares y una tradición compartida por sus barrios: el carnaval. Esta celebración anual reúne a los habitantes en recorridos por las calles, con disfraces, música y baile. Para el colectivo, también representaba una forma de convivencia entre personas y grupos que durante el resto del año podían mantener conflictos.

"Para nosotros ver este evento como un acto performático que unía a las personas fue muy significativo", recuerda Gerardo.

Los primeros ensayos ocurrieron en las propias calles, ante la falta de un espacio fijo. Con el tiempo, esa circunstancia se convirtió en parte de la identidad del colectivo: trabajar desde las colonias, escuchar a los vecinos y reconocer que las historias de sus familias también podían ocupar un lugar en la dramaturgia.

Teatro comunitario y participación vecinal

Para La Martínez, hacer teatro comunitario implica una diferencia respecto a los proyectos que llegan a una colonia con una presentación y después se retiran. Su apuesta consiste en involucrar a los habitantes en los procesos de creación y permitir que sus experiencias formen parte de los discursos escénicos.

"Nosotros lo que planteamos es que también este teatro comunitario que estamos haciendo invita a la comunidad a hacer sus propios discursos. Somos la comunidad haciendo el teatro desde acá", explica.

Uno de los ejemplos fue Elegía de Callejón, proyecto para el que realizaron entrevistas con jóvenes y adultos de la zona. A través de conversaciones con los habitantes, el colectivo reunió experiencias que después dieron forma a un proceso de dramaturgia a cargo de Misael Rivera. Los participantes conocían el propósito de las entrevistas y tuvieron la posibilidad de mantener resguardada su identidad.

La relación con los vecinos también tomó otro rumbo a partir de los talleres de entrenamiento actoral que Gerardo comenzó a impartir en la colonia. Las actividades permitieron acercar a adolescentes y adultos al trabajo escénico y abrir nuevas posibilidades de colaboración.

Actualmente, el colectivo desarrolla un nuevo montaje titulado Memorias de Agua de Aquel Río que Fuimos. Como parte de su preparación, organiza talleres gratuitos dirigidos al público en general, con la intención de establecer un diálogo entre adultos mayores e infancias. Quienes participen podrán integrarse voluntariamente al montaje en distintas áreas: actuación, escritura, vestuario o diseño de espacios.

La propuesta busca que la participación no se limite a subir al escenario. También reconoce el trabajo creativo y técnico que requiere una producción teatral, así como las distintas maneras en que los habitantes pueden aportar al proyecto.

Además, el colectivo busca que esta nueva obra tenga un carácter itinerante y llegue a espacios no convencionales de otras colonias periféricas con condiciones similares.

HACER COMUNIDAD DESDE LOS ESPACIOS PÚBLICOS

A lo largo de estos años, La Martínez también ha cambiado en su estructura. Lo que comenzó como un equipo pequeño, integrado principalmente por Gerardo y Misael Rivera, incorporó a otros colaboradores, entre ellos Socorro Mosqueda, Sebastián Guerrero y la coreógrafa Daniela Taldierna.

La participación de los vecinos también adquirió mayor presencia. Sus observaciones, sugerencias y acompañamiento comenzaron a formar parte de los procesos, hasta que el colectivo dejó de percibirse únicamente como un proyecto impulsado por sus fundadores.

"Ya no era algo mío y de mi amigo, sino que ya era algo de nuestros barrios, ya era algo de nuestras colonias", señala Gerardo.

Otro ejercicio fue Especial de La Martínez, desarrollado en colaboración con el Centro de Cultura Digital. La propuesta reunió a los habitantes mediante un sonidero en el que niños, niñas y adultos podían tomar el micrófono para compartir mensajes, agradecimientos y recuerdos dirigidos a sus vecinos. La música y el baile funcionaron como puntos de encuentro entre distintas generaciones.

Para Gerardo, estas experiencias permiten reconocer que el trabajo comunitario no ocurre únicamente dentro de una compañía. En la General I. Martínez también existen iniciativas de vecinos y otros colectivos que organizan bailes familiares, actividades de grafiti e intervenciones en bardas, además de acciones para solicitar mejoras en los servicios públicos de la colonia.

El teatro forma parte de esa red de encuentros, pero no es el único responsable de los cambios que ocurren en el barrio. "Nosotros somos una piedrita, somos un grillito más de una casa grande que están haciendo otras acciones, otras personas y otras iniciativas", expresa.

En ese sentido, considera que las actividades artísticas y sociales permiten fortalecer las relaciones entre vecinos. Los encuentros que surgen alrededor del teatro, la música o las artes visuales también pueden facilitar la organización cuando la comunidad necesita plantear demandas relacionadas con el alumbrado, el drenaje u otras condiciones para vivir dignamente.

LA PRECARIEDAD DETRÁS DE LA AUTOGESTIÓN

Sostener un proyecto de teatro comunitario implica dificultades que van más allá de la creación escénica. La falta de recursos económicos, infraestructura y espacios permanentes limita la continuidad de las actividades, mientras que los integrantes deben combinar el trabajo artístico con otros empleos para cubrir sus necesidades y las de sus familias.

Gerardo reconoce que el colectivo todavía no cuenta con los medios para ofrecer salarios a sus colaboradores ni mantener una programación continua. La disponibilidad de los vecinos también depende de sus jornadas laborales y responsabilidades personales, por lo que el proyecto procura adaptar sus horarios y procesos a las posibilidades de quienes desean participar.

La autogestión permite mantener las actividades con los recursos disponibles, pero también evidencia los límites de sostener una iniciativa cultural a partir del esfuerzo personal de sus integrantes. "No tenemos los medios económicos o no tenemos la infraestructura para poder estar siempre conectando actividades y pues tenemos aparte nuestros trabajos", explica.

A esto se suma una dificultad que Gerardo identifica en la relación entre las instituciones culturales y las comunidades periféricas. Considera que, aunque existen estímulos y convocatorias para artistas, acceder a ellos implica cumplir con determinados requisitos de trayectoria y formación que no siempre corresponden a las condiciones de los proyectos comunitarios.

Por ello, plantea la necesidad de establecer presupuestos permanentes para las actividades artísticas de los barrios, sin limitar el apoyo a una sola disciplina o a las propuestas que ya cuentan con una trayectoria institucional.

"Hay que reconocer la cultura que habita cada barrio y también generar un presupuesto permanente para que cada barrio pueda estar solventando sus actividades artísticas", sostiene.

También considera necesario ampliar el acceso a espacios culturales que puedan utilizar las compañías independientes y los habitantes de distintas colonias, así como generar una cartelera permanente que incluya las propuestas creadas por artistas y colectivos locales.

A estas condiciones añade la falta de respaldo en materia de salud para quienes trabajan en el ámbito artístico. Un accidente o una situación médica puede afectar su capacidad para continuar con su actividad y comprometer su estabilidad económica.

UNA CULTURA QUE YA EXISTE EN LAS COLONIAS

El reconocimiento que recibió César Gerardo Zavala Canela con el Premio Estatal de la Juventud 2026 representa una oportunidad de visibilidad para La Martínez, pero también pone sobre la mesa las condiciones en las que se desarrollan los proyectos culturales fuera de los espacios establecidos.

Para el fundador del colectivo, el trabajo comunitario requiere reconocer que las expresiones artísticas no necesariamente llegan desde fuera, pues cada barrio tiene prácticas, tradiciones e historias que pueden convertirse en materia de creación. El reto está en generar condiciones para que sus habitantes puedan desarrollarlas, compartirlas y mantenerlas en el tiempo.

La Martínez continúa con esa búsqueda desde la periferia potosina, con talleres, ensayos y encuentros vecinales. Su trabajo no pretende sustituir las necesidades materiales de las colonias ni atribuir al teatro la solución de sus problemáticas, sino construir espacios donde sus habitantes puedan reunirse y participar en la vida cultural de su entorno. "No es un proyecto de uno, sino que es un proyecto que le pertenece a la comunidad", destaca Zavala Canela.

En las calles donde comenzó el colectivo, el teatro encontró una forma de hacerse presente sin esperar a que los habitantes llegaran a una sala. Ahora, sus historias también forman parte de lo que se cuenta sobre la ciudad.