In-D: No faltan poetas malditos

Hay algo profundamente irónico en nuestra época: nunca habíamos tenido tanta música y nunca habíamos estado tan lejos del impulso más básico de la vida.
Durante décadas, la humanidad le tuvo miedo al ritmo. Le tuvo miedo al sudor, al cuerpo, al roce. Le tuvo miedo a Elvis moviendo la cadera, al rock encendiendo hormonas, al reggaetón convirtiendo cualquier espacio en una coreografía colectiva donde el lenguaje era físico, instintivo, inevitable.
Se les llamó vulgares, peligrosos, pecaminosos. Se les quiso censurar. Se les acusó de corromper a la juventud.
Y, sin embargo, esos géneros tenían algo que hoy parece escasear peligrosamente: celebraban la vida en su forma más cruda y biológica. Incitaban al contacto físico, por lo cual previamente debía existir interacción verbal.
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Hoy tanto el acercamiento de cuerpos como el intercambio de palabras parece ir peligrosamente a la baja.
El reggaetón, ese enemigo público de hace apenas unos años, no era solo música. Era una invitación. Un llamado primitivo disfrazado de beat repetitivo. Era sudor, cercanía, deseo.
Era gente encontrándose sin intermediarios digitales, sin filtros, sin discursos. Era, en el fondo, una coreografía social que apuntaba en una sola dirección: la reproducción, la continuidad, la permanencia de nuestra especie.
Hoy, en cambio, el enemigo cambió de forma. La música contemporánea que incomoda ya no lo hace por exceso de contacto físico, sino por todo lo contrario: por su ausencia de futuro.
Las nuevas narrativas giran obsesivamente en torno a la violencia, la ansiedad, la depresión, el vacío, el desencanto. No hay fiesta, hay agresión, hay aislamiento. No hay encuentro, hay distancia.
Dejó de existir el impulso vital para dar paso al agotamiento emocional. La pista de baile fue reemplazada por el cuarto cerrado, la pantalla encendida y la mente saturada.
Entonces la discusión deja de ser estética y se vuelve incómodamente biológica. Porque mientras los discursos culturales se llenan de pesimismo, las estadísticas empiezan a mostrar algo inquietante: las nuevas generaciones ya no quieren tener hijos.
No es solo una decisión económica o ideológica. Es, también, un reflejo del clima emocional en el que están inmersas.
El soundtrack de estas nuevas generaciones es el de la música del yo fragmentado. Estamos criando generaciones que no bailan juntas, que no se tocan, que no se buscan.
Generaciones que escuchan canciones que no invitan a construir, sino a resistir, a sobrevivir, a anestesiarse. Y eso, aunque suene exagerado, tiene implicaciones que van más allá de lo cultural.
Una sociedad que deja de reproducirse no es una metáfora. Es una trayectoria.
Entonces la provocación se vuelve necesaria: nos hacen falta nuevos géneros prohibidos. Nos hacen falta nuevas formas de escándalo. Nuevos poetas malditos, pero no en el sentido romántico del sufrimiento, sino en el sentido biológico del exceso.
Nos hacen falta ritmos que incomoden porque vuelvan a poner el cuerpo en el centro. Que obliguen a la cercanía. Que rompan la burbuja emocional y digital en la que estamos encapsulados.
Nos hace falta la lambada, la tensión sexual entre dos cuerpos al bailar tango. Nos hace falta Mozart poniéndole los pelos de punta a los defensores de las buenas costumbres con las cartas subidas de tono que le escribía a sus mujeres.
Nos hace falta el perreo que tan duramente juzgamos. Nos hace falta la figura del rockstar empuñando su guitarra de manera simbólicamente fálica. Nos hace falta intercambiar palabras para aspirar a que nuestros cuerpos, más adelante, puedan compartir muchas cosas más.
No se trata de idealizar el pasado ni de convertir a géneros como el reggaetón en salvador cultural. Se trata de entender algo más profundo: toda sociedad necesita un contrapeso instintivo.
Un recordatorio de que, antes que cualquier narrativa, somos cuerpos. Y los cuerpos buscan otros cuerpos.
Cuando ese recordatorio desaparece, lo que queda es una cultura que piensa demasiado y siente cada vez menos. Una cultura que analiza su propia tristeza mientras pierde, lentamente, el impulso de continuar.
Tal vez por eso, lo verdaderamente peligroso hoy no es lo explícito, ni lo vulgar, ni lo sexual.
Lo verdaderamente peligroso es lo estéril. Y en ese contexto, quizá deberíamos empezar a preguntarnos algo que hace unos años habría parecido absurdo:
¿Y si el problema no era el reggaetón sino su ausencia?










