Castigos eternales
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"Pascuala, Dios te mantenga, / Norabuena vengas, Mingo. / ¿Hoy que es día de domingo / no estás con tu esposa Menga? / No hay quien allá me detenga, / que el cariño que te tengo / me pone un quejo tan luengo / que me acosa que me venga". Esos versos, ligeramente adulterinos, pertenecen a un paso de Juan del Encina -no de la Encina-, y los dije con una linda chica pelirroja en la clase de Literatura Española de la maestra Amelia Vitela de García, que a su saber de letras juntaba ternuras maternales para sus alumnos de la secundaria en la Normal de Coahuila. Pues bien: hoy que es día de domingo declaro que soy lector devoto de los libros sagrados. Aclaro para mayor claridad: en mi fuero interno -y en el externo también- los libros sagrados son los de Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Tolstoi, Dostoievski, Flaubert, Dickens, y así hasta llegar a Faulkner, Rulfo, Borges y García Márquez. Los libros que los predicadores llaman sagrados, sobre los cuales fincan sus predicaciones, me parecen, a más de confusos, ominosos y punitivos. Espero no ser culpado de herejía por decir eso, y que algún nuevo inquisidor me imponga coroza y vela verde. Mis opiniones son demasiado mías como para ser tomadas en cuenta. Un texto sagrado dice que la paga del pecado es la muerte. Con el mayor respeto digo que conozco por lo menos dos casos donde la paga del pecado fue la vida. El primero me concierne. A la tierna edad de 8 años hurté una colilla de puro que mi padrino Arturo Dufour, elegante caballero, había dejado por ahí, y me la fumé en el corral de la casa de la abuela. Por poco perezco a causa de ese latrocinio. El mundo se me volvió morado; sentí mareos y náuseas, y jamás volví a tocar nada que contuviera el veneno del tabaco. Aquel pecaminoso robo me ha preservado la vida, y me ayudó a llegar a mis casi 90 años, plenamente vividos y gozados. El otro caso es mucho más interesante. Cierta señora, casada desde hacía una década, y sin hijos, le prestaba su casa a una amiga para que en ella se viera con su amante. Una tarde la amiga no llegó, y el hombre le dijo a la señora: "¿Qué le parece si.?". A ella le pareció, y por efecto de ese parecer quedó embarazada, pues no estaba en ella la causa de la falta de familia. El esposo recibió al hijo como suyo y, como en los cuentos, vivieron felices, con una numerosa descendencia de nietos y bisnietos. Aquí también la paga del pecado fue la vida. Pienso que el buen Dios está demasiado ocupado en mantener en orden la máquina del universo como para prestar demasiada atención a los desórdenes de esos pequeños y desordenados animalitos, los humanos, y traerlos a mal traer entre amenazas de castigos eternales y promesas de infinitos goces. Pero ¿a qué esas digresiones, tan ajenas a la naturaleza de este escrito? Viene a cuento para evocar a doña Mariquita, anciana de las que aún tenían el cabello blanco. Sola en la vida, pobre y achacosa, iba todos los días a la iglesia del lugar; se postraba ante la imagen del Señor y le pedía en voz alta, suplicante: "Ya llévame contigo, Padre. Mírame. Estoy enferma y abandonada en este mundo. No quiero ya vivir". Y así día tras día. Cotidianamente renovaba su lacrimosa solicitación. Un travieso monaguillo la escuchaba, y una mañana se ocultó tras el altar, y luego de oír la gemebunda prez de la ancianita le dijo con voz grave: "Mariquita: soy tu ángel de la guarda. El Señor ha oído tus oraciones, y me envió a que venga por ti para llevarte ya con él". Cuando la vejuca escuchó eso se asustó y dijo con voz trémula: "¡Ay, angelito de mi alma! ¡Dile que no me jallates!". FIN.









