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Decir lo que no se dice (y el drama de no entenderlo)

Por Yolanda Camacho Zapata

Febrero 17, 2026 03:00 a.m.

A

Por alguna peregrina razón se me ocurrió ir a comprar el super de la semana por ahí de las cuatro de la tarde del catorce de febrero. Dado que la fecha me es completamente inclusive, pero sé que a un montón de gente no, asumí que la tienda estaría vacía. Craso error. Aquello estaba hasta el gorro de gente. Entre platos de plástico con decoraciones rosas y rojas, globos de helio, flores, hartos dulces en caja con moños coquetos y fresas cubiertas con chocolate envueltas en cajas de transparentes con tarjetitas donde se podía leer "Te amo", me aventuré a comprar frijoles, carne, pescado,  pasta de dientes, servilletas, frutas y verduras y un titicuchal de cosas más. Al finalizar, me esperaba una larga fila frente a cajas. No tanto como las de Costco, pero ahí como queriéndose dar un entre. En ocasiones así, busco pasar el tiempo ligerito, por lo que si usted me ve en una fila calladita, posiblemente esté escuchando conversaciones ajenas, no le voy a mentir. Pero a veces me gusta más soltar algún comentario y platicar con desconocidos que comparten la misma situación; ya sabe, solidaridad de grupo.

Así, frente a la nutrida fila de carritos rebosantes, solté un "-¡Con lo que me encanta esperar horas haciendo fila! ¡Genial mi idea de venir hoy al súper, lo voy a recomendar a mis amigos!-"; entonces, el señor que estaba frente a mí mordió el anzuelo, pero no como yo esperaba. En su lugar, en tono muy amable, pero con seriedad casi académica, procedió a explicarme por qué no debería gustarme la espera. Habló del respeto perdido, de la ineficiencia en los procesos, e incluso del peligro que se corría al estar en una fila si pasaba algo. Me advirtió que sería grosero recomendar a mis amigos ir a tiendas el catorce de febrero. Supe entonces que no había entendido mi ironía, mucho menos mi sarcasmo. 

Creo que el sarcasmo siempre ha sido el más fiel espejo. Pocas cosas hay tan liberadoras -y humanas-que burlarse de las propias tragedias antes de que el destino lo haga por nosotros. Es un mecanismo de defensa, una válvula de escape para reír de nuestras imperfecciones, un antídoto contra la soberbia. Si uno se auto infringe el dardo envenenado de la ironía y es capaz de reírse, acaba inoculándose contra la crítica ajena.  Pero de cierto tiempo acá, algo ha cambiado. Parece que hemos perdido los manuales de la ironía y el sarcasmo, y así, hemos perdido el guiño astuto entre interlocutores y se recibe con ceño fruncido, o peor, como ofensa. 

No tengo nada en contra de la literalidad, pero pareciera que abrazarla tan fuerte exprime cual barrito grasoso eso que requiere el comentario sarcástico: esfuerzo mental. Resulta más fácil indignarse y aleccionar que interpretar. O peor, es más sencillo acomodarse como víctima de una frase, que disfrutar la pirueta intelectual de una buena ironía. Leer entre líneas porque ya se leyó todo el contexto de las páginas anteriores; interpretar al otro como conjunto, viéndolo completito, con pose, cara, gestos, tono de voz se ha vuelto una tarea que parece casada. Sin embargo, al eludirla, estamos perdiendo la capacidad de decodificar el ingenio. Tener que explicar la ironía resulta tan triste como diseccionar un chiste: pierde toda gracia y termina pareciéndose a una autopsia. 

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Por supuesto que no todos tenemos el mismo tipo de humor, pero antes de perdida se detectaba para ya después decir "Tu negro humor no va conmigo"; pero ahora, nos alejamos cada vez más de todo aquello que no podemos detectar a la primera. Pareciera que hasta el humor nos lo tienen que dar peladito y en la boca. 

En fin, que me causa pena el poco esfuerzo que queremos poner a todo, incluso a reírnos de nosotros mismos y a crear humor con los demás. Pues sí, tristeza, eso es lo que me da. En serio, sin sarcasmos. 

Envío: a mis estudiantes de la Especialidad en Derecho Privado, que disfrutan sin pena de las ironías de la vida y el sarcasmo de mis comentarios.