Desorden y autoritarismo
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El autoritarismo de ahora es muy distinto al de antes. El de hoy es un régimen que concentra todos los poderes sin generar un núcleo de disciplina. Arbitrario y desbocado, tiene un pleito dentro de sí mismo que no parece capaz de aplacar. Es la consecuencia de un autoritarismo de origen caudillista que no ha logrado asentarse en un acuerdo institucional. Mientras el caudillo encabezaba la oposición, durante el tiempo que ocupó la jefatura del Estado, todos los rayos de la rueda desembocaban en su centro. No había entonces ninguna duda sobre el camino a seguir. Una palabra, una insinuación, un gesto eran suficientes para que todas las piezas se orientaran en la dirección debida. El caudillo fue el único cemento de cohesión de ese proyecto que cambió todas las coordenadas de la política. Movimiento, partido, gobierno, Estado engarzados para hacer la voluntad de un hombre. Esa maquinaria entró en crisis cuando el fundador entregó la banda presidencial. Una estructura entrenada para actuar solamente cuando así lo ordenaba el caudillo empezó a moverse con autonomía y a desafiar a la heredera.
Los retos internos a la presidenta se escudan siempre en la relación con el fundador. Unos se ostentan como los seguidores más fieles de sus enseñanzas. Otros presumen tal cercanía con el visionario que se presentan como defensores del credo verdadero. El misterio que cultiva el fundador con su retiro alienta esa disputa por la voz auténtica del movimiento. La austeridad republicana que predicó el apóstol significa algo distinto a lo que dice ahora la presidenta. Soy el amigo más antiguo, fui el colaborador más fiel. Soy yo quien lleva la llama verdadera del movimiento. Tengo su sangre y sus genes. Burlarse de mi inteligencia y de mi soberbia es acto de alta traición que solo sirve a la ultraderecha. Ese caudillo que se mostraba todos los días encarnaba la verdad en cada uno de sus fieles. Su retiro ha provocado un vacío que la fría institución ejecutiva no puede llenar.
Desde que el gobierno norteamericano solicitó la detención del gobernador Rocha Moya, la presidenta y su gobierno insistieron en que no había prueba alguna que incriminara al político morenista. Convirtieron al sinaloense en símbolo de la dignidad nacional y cerraron filas para proteger a este hombre que, decían, era atacado por la ultraderecha internacional. El pacto de impunidad se defendió desde la plaza pública. Las peticiones de Estados Unidos son inaceptables porque, si cae él, caemos todos, dijo, con otras palabras, Claudia Sheinbaum. Proteger a nuestros delincuentes es necesario para cuidar la soberanía. Durante más de cien días, la Fiscalía del gobierno se sentó sobre el expediente sin hacer absolutamente nada. Protegido visiblemente por el gobierno de Sheinbaum, defendido públicamente por ella como un hombre intachable al que no se ha probado ninguna mala conducta, el político de Badiraguato decidió regresar a su oficina.
Rocha Moya no sintió la necesidad de consultar su decisión con la presidenta. Quien llegó al gobierno por voluntad de López Obrador y la determinación del crimen organizado no tendría por qué consultar con nadie su decisión de volver a su puesto. El desprecio de Rocha Moya dice mucho del desorden dentro de la coalición gobernante. Las tremendas implicaciones internas e internacionales eran más que evidentes y, aun así, el sinaloense actuó por cuenta propia. Si recibió luz verde de otro semáforo es asunto de especulación. El caso es que el caudillismo velado en Morena permite y estimula estas "decisiones personales" que son afrentas cotidianas a la presidencia.
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La falta de oficio político de la presidenta quedó expuesta de manera penosa. Sheinbaum permitió que Rocha Moya impusiera como relevo a una incondicional. A pesar de que la crisis de toda la clase política sinaloense quedaba expuesta, no aprovechó la coyuntura para insertar un cuadro confiable a la federación. Si al final del día actuó para removerlo nuevamente del cargo, fue de manera tardía. Pero, mientras no se muestre dispuesta a ir contra los socios políticos del narco, mientras la fiscalía que sigue sus instrucciones siga ignorando las pruebas que hay en su contra, las afrentas a su liderazgo y el desorden al interior de Morena se seguirán multiplicando.




