Después del gol, la basura
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El Mundial nos emociona. Eso hay que decirlo sin culpa y sin poses de superioridad moral. A muchos nos gusta el futbol, la convivencia, la quiniela, la carne asada, la camiseta, el grito de gol, la esperanza absurda de que ahora sí llegaremos al quinto partido y esa ceremonia colectiva donde durante noventa minutos todo parece más sencillo. El futbol tiene algo profundamente humano: reúne, ilusiona, distrae, abraza. En un país tan golpeado por la violencia, la desigualdad, el enojo y la rutina, no es poca cosa tener un pretexto para juntarnos y celebrar. Pero toda fiesta tiene una parte que casi nadie quiere mirar.
Cuando se apagan las pantallas, cuando termina el partido, cuando se van los aficionados, cuando se desmontan los escenarios, cuando el último vendedor recoge lo que puede y el entusiasmo se convierte en cansancio, queda algo menos épico que el gol: vasos, platos, botellas, latas, bolsas, empaques, comida desperdiciada, publicidad desechable, envolturas, servilletas, popotes, unicel, plásticos, cartón, restos orgánicos y montones de basura que no salen en la foto oficial. Porque el Mundial no sólo deja goles. También deja residuos.
Y esa es una pregunta que deberíamos hacernos antes, no después: ¿a dónde va a parar toda la basura que genera una fiesta de esa escala? Durante el Mundial 2026 se estima que en México se generen alrededor de 34,000 toneladas adicionales de residuos, principalmente plásticos de un solo uso, envases de alimentos y basura producida en espacios públicos
La Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey serán sedes mundialistas. Habrá estadios, Fan Fest, turistas, comercio, movilidad, venta de comida, consumo masivo y millones de personas moviéndose de un lugar a otro. Todo eso significa derrama económica, sí. Pero también significa presión ambiental. Y no basta con presumir los beneficios si no se explica con la misma claridad quién se hará cargo de los costos.
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La Ciudad de México ha presentado una estrategia llamada "Mundial Verde", que contempla separación de residuos, impulso a la economía circular, instalación de islas de reciclaje, contenedores diferenciados, personal capacitado y rutas para enviar residuos orgánicos y plásticos compostables a procesos de compostaje. También se prevé que el PET, las latas de aluminio y otros materiales reciclables sean canalizados a empresas especializadas para reincorporarlos a nuevas cadenas productivas. Pero en materia ambiental ya aprendimos a desconfiar de lo que sólo suena bien. Una cosa es colocar contenedores de colores y otra muy distinta es garantizar que lo separado no termine revuelto.
La clave no está únicamente en juntar residuos. Está en saber qué pasó con ellos. Cuánto se generó. Cuánto se separó. Cuánto se recicló. Cuánto se compostó. Cuánto terminó en relleno sanitario. Cuánto se valorizó energéticamente. Cuánto fue propaganda verde y cuánto fue gestión real.
Y aquí aparece un tema que suele quedar fuera de los reflectores: las personas que trabajan con la basura. En todos los grandes eventos hay una cadena humana que casi nunca se reconoce. Personal de limpieza, recolectores, separadores, trabajadores municipales, voluntarios, pepenadores, operadores de plantas, gente que carga con la parte menos fotografiable de la celebración. Mientras otros levantan la copa o la cerveza, ellos levantan los residuos. También ahí debe haber justicia ambiental.
Por eso esta discusión no debe leerse como una crítica amarga contra el futbol. Al contrario. Precisamente porque el Mundial importa, porque nos mueve, porque nos emociona y porque tendrá una visibilidad enorme, puede convertirse en una oportunidad pedagógica y política.
Y esa lección no sólo aplica para las ciudades mundialistas. También aplica para San Luis Potosí. Aquí también tenemos eventos masivos, ferias, conciertos, partidos, festivales, plazas llenas, comercio informal, consumo desechable y una cultura todavía muy débil de separación. Aquí también generamos residuos todos los días sin preguntarnos demasiado por su destino.
Nos encanta organizar la fiesta, pero nos cuesta hacernos cargo de la resaca. Nos emociona el consumo, pero nos incomoda el residuo. Celebramos la derrama económica, pero evitamos hablar de la huella ambiental. Queremos ciudades llenas de visitantes, pero no siempre planeamos qué pasará con el agua, la movilidad, la energía, las emisiones y la basura.
Y no, no se trata de cancelar la fiesta. Se trata de madurarla.
Delírium trémens.- Ya encarrerados con la inteligencia artificial, alguien debería preguntarle al diputado Héctor Serrano por qué, en lugar de criminalizar la libre expresión, la sátira, la crítica política y el trabajo periodístico, no impulsa una regulación seria, proporcional y constitucional, como la que incluso el propio Partido Verde Ecologista de México ha planteado a nivel nacional y que se encuentra en estudio en el Congreso de la Unión. Regular la IA sí; usarla como pretexto para asustar periodistas y defensores de derechos humanos, no.
@luisglozano



