El diablo sin Prada
Hace veinte años yo tenía casi treinta. Estaba, sin saberlo, a cosa de un año de inaugurarme como mamá y hacía poco habíamos vuelto a México después de estudiar las maestrías. Mi carrera ya había empezado pocos años atrás y la interrumpí justamente para salir a estudiar un poquito más. En el 2006, francamente no me acuerdo con quién, pero fui a ver Devil Wears Prada. Me divertí mucho. Andrea Sachs, la protagonista, era más joven que yo, quería hacer una carrera escribiendo y consiguió trabajo en una revista de moda evidentemente ficticia, Runway. El tema central de la publicación le valía un comino. El resto de la trama se desarrollaba conforme Andy iba siendo absorbida por un trabajo que llegaba a lo irracional, teniendo de por medio una transformación muy al estilo Cenicienta. Sin embargo, lo que recuerdo es que al salir del cine me pareció que Meryl Streep podía hacer bien el papel que se le pegara la gana y que Miranda Priestly era asquerosamente odiosa, pero, eso sí, un personaje de los que no se olvidan. Luego supe que la película se basaba en una novela escrita por una ex colaboradora de la revista Vogue y que Miranda estaba inspirada en la poderosísima editora Anna Wintour.
Al paso de los años volví a ver la película varias veces porque me ponía de buen humor y me di cuenta de que mi atención, originalmente centrada en Andrea, se iba tornando cada vez más hacia Miranda. Supe que me estaba proyectando: ya no era yo una chica joven buscando abrirse paso en el mundo profesional.
Antes de los cuarenta tuve mi primera responsabilidad mayor, luego tuve otra mucho más compleja. En mi caso y por el giro de mi trabajo, tuve que aprender a moverme en un mundo muy masculinizado. Ya les he contado alguna vez cómo no una, sino varias veces, mis colegas pretendieron halagarme afirmando que yo tenía el carácter de un hombre. Volví a pensar en Miranda y recordé todas aquellas veces en que al llegar a una mesa acababa yo cayendo mal porque tenía opiniones fuertes o porque no me portaba como se supone que se portaban las niñas. Quienes me conocen saben que tengo un carácter del demonio, aunque nunca me ha ajustado para comprarme nada de Prada.
Miranda es un personaje grosero y eso no se lo vamos a disculpar, pero recuerdo una ocasión donde se discutió algo acaloradamente y alguien me dijo que yo no debía ser tan ruda. Yo le hice ver cómo el hombre sentado junto a mi se portó despectivo no nada más conmigo, sino también con ella y cómo no tenía un solo argumento, sino que quería nada mas imponer su santa voluntad nomás por sus pistolas. Ella me dijo que, si seguía así, diciendo lo que pensaba, no sobreviviría ni medio sexenio. No crean, si me dio miedito. Trabajo porque personalmente me satisface y lo disfruto, pero también porque tengo la estúpida costumbre de comer tres veces al día.
¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí
Años adelante en otra mesa acalorada donde yo era la única mujer y todos era hombres mucho mayores que yo y con uniformes bien serios, alguien me acusó sin fundamentos de una supuesta omisión a mi responsabilidad. De uno por uno le desarmé sus tarugadas con argumentos al cuate que me acusó, en el exacto mismo tono que él empleó, es decir, en decibeles altos. Ahí, el superior jerárquico de esta persona acabó regañando al tipo y a mi desde ese día me comenzaron a ver diferentes mis colegas. Me invitaron esa noche al bar donde de verdad se arreglaban los problemas. Entré al Club de Toby. Otra vez y a veces siento que así me la he pasado, entrando y saliendo. No es queja, he aprendido un montón del gremio de la testosterona.
Esta semana fui a ver la segunda parte de Devil Wears Prada. Mi atención, por supuesto, se dirigió a Miranda, que ahora se enfrenta a la obsolescencia. La suya, la de la industria donde ha vivido, la de un tiempo que corre mucho más rápido de lo que una puede alcanzar. En esta película, Miranda se muestra más humana. Sigue siendo ella, pero se notan ahora sus miedos, su dolor. Pero también la inteligencia y estrategia de los años. Más sabe el diablo por viejo, que por diablo. Pensé si hace veinte años Miranda, o para el caso cualquier mujer, hubiera podido sobresalir manteniendo bajo perfil, diciendo que sí aunque no estuviera de acuerdo, sonriendo, portándose femeninamente -lo que sea que eso signifique- y llegué a la conclusión de que no. Miranda no sería Miranda. Y un montón de mujeres tampoco hubieran logrado ni la mitad de lo que sea que hoy las haga sentir profesionalmente orgullosas.
Miranda no es ningún modelo a seguir, es más bien una mezcla de dos de los arquetipos de Jung, el gobernante y el rebelde, que, aunque suenen contrapuestos, buscan el primero, el control y el poder, y el segundo la revolución y romper con lo establecido.
Se que para que yo pueda estar hoy orgullosa de la vida profesional que he tenido, ha sido porque antes de mi hubo un montón de Mirandas. Espero que lo poco que he logrado en mi metro cuadrado, sirva para que alguna chica más joven que yo batalle menos y no tenga que validarse a gritos en ninguna mesa.
Nunca me he sentido víctima laboral, sino que simplemente he vivido en las condiciones y bajo las circunstancias de mi propio tiempo y sería muy difícil que las cosas hubieran sido distintas. Así que no, ni me ensalzo, ni me tiro para que me levanten. Así fue y ya. Una a veces piensa que es el diablo, aunque a mucha de nosotras nos importa un pepino vestir Prada. Lo que nos importa es que se entienda que en esto, el diablo ni existe.




