El paso de Cortés
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"Y puedo cambiarte el nombre,
pero no cambio la historia".
Joan Sebastian
Cambiar el nombre de un punto de la geografía no resuelve ningún problema, solo demuestra la proclividad del régimen para recurrir a la propaganda.
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Este 9 de agosto la presidenta Sheinbaum anunció que cambiará el nombre del Paso de Cortés, un puerto de montaña entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, a "paso de los Pueblos Indígenas. porque por aquí pasaron los pueblos mucho antes". La Presidenta no sabía qué procedimiento utilizar. Ayer le pidió "a Luisa María [Alcalde, directora jurídica de Presidencia], que viera dónde tiene que escribirse eso". El INEGI está a cargo del Registro de Nombres Geográficos.
No es la primera vez que Sheinbaum cambia un nombre por razones ideológicas. Cuando era jefa de gobierno de la CDMX ordenó que la calle de Puente de Alvarado fuera renombrada calzada de México-Tenochtitlan y el árbol de la Noche Triste árbol de la Noche Victoriosa. Es la misma filosofía que llevó a Donald Trump en 2025 a decretar que el golfo de México se llamara golfo de América.
Para respaldar su decisión la presidenta recurrió a un edicto de Carlos I de España de 1548 contra Hernán Cortés que enumeró los abusos del conquistador contra los indígenas. Añadió: "Y quien se molesta pues venera a Hernán Cortés".
Pero no hay que venerar a Cortés para cuestionar la manipulación. Si Carlos I de España condenó a Cortés por sus abusos, ¿por qué sigue Sheinbaum exigiendo una disculpa a la corona española? Los abusos de Cortés están bien documentados, pero también los de mexicas y otros pueblos indígenas. Cortés cruzó el paso que hoy lleva su nombre en noviembre de 1519 con cuatro mil personas, mayoritariamente guerreros tlaxcaltecas. También lo acompañaba Malintzin, la esclava que el cacique Tabscoob le regaló tras la batalla de Centla.
Si hay que quitar el nombre de Cortés al paso entre los volcanes, ¿no habría que cambiar también el de Tabasco porque el cacique tenía esclavos? ¿Tendríamos que abandonar el nombre de México porque los mexicas esclavizaron y sacrificaron a tlaxcaltecas y a otros pueblos? ¿Hasta dónde llegará la presidenta en su afán de cambiar nombres? ¿Descartará el de Veracruz, porque Cortés la llamó la Villa Rica de la Vera Cruz? ¿Le pondrá Chalchicueyecan, el nombre náhuatl, o preferirá el que usaban los totonacas, el pueblo local sometido por los mexicas?
El problema es que Sheinbaum y la 4T quieren imponer una visión caricaturizada de la historia en la cual los españoles son todos villanos y los indígenas los pueblos buenos que vivían en un paraíso terrenal sin agresiones ni abusos.
Nadie debe ocultar los abusos de Cortés ni de otros conquistadores, pero no podemos cerrar los ojos ante el hecho de que 93 por ciento de los mexicanos somos mestizos, provenimos de una fusión de españoles e indígenas. La misma virgen de Guadalupe que la presidenta ha exhibido con orgullo en su vestido no es indígena, sino un símbolo del sincretismo de la religión católica y los cultos indígenas.
Cambiar un nombre no modifica la historia. "¿Qué hay en un nombre?", se preguntaba Julieta, el personaje de Shakespeare. "Aquello que llamamos rosa olería tan dulce con cualquier otro nombre".
Despreciar un pasado rico y vibrante porque surgió de la fusión de dos mundos es francamente antimexicano. No puede uno enorgullecerse de ser mexicano y al mismo tiempo rechazar una parte fundamental de nuestra historia y cultura. "Una vez que conocemos nuestro pasado nos comprendemos", me dijo ayer la historiadora Isabel Revuelta. "No existíamos antes de la llegada de los españoles. Ni existiríamos ahora como somos".
Cobro de piso
El gobierno de México actuó con rapidez para apagar las amenazas que recibieron los inspectores estadunidenses del aguacate, lo que ha permitido liberar las exportaciones. Pero no parece existir la misma preocupación con el derecho de piso que cobra el crimen organizado a los agricultores.
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