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Fenómeno Sociológico

Por Marta Ocaña

Septiembre 02, 2026 03:00 a.m.

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    Preguntas y respuestas

      Han dejado de clasificarse como ocurrencias todas aquellas expresiones con las que los políticos justifican sus decisiones, acciones y errores: por ejemplo, los descarrilamientos ya no se llaman así y el nepotismo tiene diferentes acepciones según quien lo diga y lo interprete.

      Por ello la ficción en su diversos formatos -o bien- los documentales, nos trasladan a una dimensión en la que la ocurrencia no es eso sino un pacto ficcional entre el emisor y el receptor haciendo posible disfrutar aquello que alguien imaginó para volver a la realidad en algún momento.  O el documenta que solo intenta mostrarnos una realidad objetiva, bajo la lente de alguien que nos quiere visibilizar la verdad de nuestro mundo o nuestras vidas.

      El cinismo por su parte se ha convertido una gran herramienta en el discurso y las formas de comunicación para los funcionarios públicos quienes dan diariamente nuevas interpretaciones de términos que se acuñaron entre sus bancadas como el de "austeridad republicana" o "servir al pueblo. "El pueblo", un ente genérico y ambiguo en el que no caben personas que, por ejemplo, tengan una trayectoria profesional limpia, aquellos que hayan cursado estudios en universidades privadas o que tengan rasgos o apellidos con los que se infiera cierta ascendencia europea "adelante" – no atrás" de la cortina del pueblo.

      Para pertenecer al "pueblo" hay que sumar una serie de atributos y cualidades que lejos están de poseer quienes conforman nuestras clases medias; de los pobladores de este país, que no nacieron dentro de los "pueblos originales" que no hablan una lengua autóctona o que no viven exclusivamente de los programas sociales. Así que algunos hemos ido quedando fuera del "pueblo" por no llenar los requisitos.

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      Aquí, desde la "gayola" de la ciudadanía, es fácil observar que el discurso político instituido desde el nacimiento de las mañanera ha servido para agrandar una brecha que no había terminado de cerrarse desde la Conquista y que el gerente del país del sexenio pasado utilizó para los fines que hoy vemos, vivimos y padecemos. Desde la barrera -como en plaza de toros-, las cosas se ven con claridad cuando de distinguir intereses se trata. A fin de cuentas, el pueblo -el de antes y el de ahora- es el que menos les importa y se notas cuando uno lo escucha desde irse de sus propias arengas en tiempos cuando fueron oposición; el país es un "mercado" o una "plaza" que se disputan o en el peor de los casos, se reparten entre los malos y los disque buenos; la democracia perdió su encanto y la palabra ha vuelto a las cavernas de las que por un milagro había logrado salir y luchar por su vida en nuestro país. Un país que soñó con algo mejor pero que por empacho o por otra razón, del sueño pasó a la pesadilla. Esa en la que la realidad se vuelve distópica y los niños y los jóvenes desean cuando sean grandes, seguir el sueño del narco o del héroe de los narcos corridos.

      Es un caldo espeso, de olor putrefacto en la que pretenden cocinar a la sociedad que forma el pueblo, junto aquellos que estorben o no pertenezcan a esa transformación que prometió en su cambio, una mejora sustancial y terminó por entregarnos sin decoro, a los que ostentan los poderes que en otro tiempo criticaron y prometieron eliminar. O a sus matones.

      La cosa no está fácil para el pueblo, para el que cabe en el nuevo diccionario ni para los que sacaron de la definición. Los coches bomba combinados con reuniones en la Roma o en Polanco lo dicen esta semana y los gritas desde hace décadas.

      ¿Qué estaremos esperando para detener todo esto?

      No sé por qué yo solo estoy de mirona observando un fenómeno sociológico de un país en el que nací por razones desconocidas.