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Guerra cognitiva

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Octubre 06, 2026 03:00 a.m.

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      Hace algunas semanas estuvo en la capital potosina el reconocido caricaturista Rafael Barajas, "El Fisgón", participando en una asamblea convocada por el Movimiento de Regeneración Nacional para la defensa de la soberanía nacional y la transformación institucional. En ese evento, Rafael advirtió que la batalla política que se libra en nuestros países de América Latina se ha concentrado, en buena medida, en enfrentar y superar lo que se conoce como "guerra cognitiva", esto es, una ofensiva más "cultural" que ideológica, lanzada por expresiones de la extrema derecha nacional e internacional con el objetivo de generar desinformación, distorsión y descontextualización de acontecimientos sociales para anular el pensamiento crítico.   

      En esos afanes neofascistas de la extrema derecha, uno de los actores políticos más activos es el inefable expresidente Felipe Calderón, mejor conocido por su apócope de "Fecal", orador central en un reciente encuentro denominado "América Libre", realizado en la capital mexicana y que convocó a variopintos representantes de la ultraderecha del subcontinente, evento en el que arremetió contra los gobiernos de la Cuarta Transformación. Pero allí tienen que, contra el convenenciero olvido de la memoria histórica, que suelen practicar esas expresiones derechistas en el despliegue de una guerra cognitiva, un grupo de ex-trabajadores electricistas se apersonó en el exterior del sitio en el que se llevaba a cabo ese evento, nomás para recordarle a Fecal que, en octubre de 2009, su gobierno, "espurio" por lo demás, decretó la extinción de la empresa paraestatal "Luz y Fuerza del Centro" (LyFC) en un acto de fascismo desembozado porque se ejecutó con toda la fuerza represiva de un Estado descompuesto por el ejercicio arbitrario del entonces "primer mandatario". 

      El conflicto generado por el cierre de LyFC mostró el extremo al que puede llegar un personero de los intereses de la derecha encaramado en el poder de un Estado que termina por volverse funcional a los designios de élites políticas y económicas de fuera y dentro del país. En aquel momento, el maestro Arnaldo Córdova lo planteó claramente: "cuando se distingue sobre la fuente de trabajo en el derecho privado y en el derecho público, al extinguirse la empresa, no necesariamente ocurre lo mismo con el servicio y, menos, con la relación laboral". En el caso de LyFC, persistía el servicio, pero se escamoteaba el reconocimiento de la relación de trabajo; en suma, una orientación propiamente neoliberal, que puede prescindir de los trabajadores, lanzándolos a una posición en la que ni siquiera pueden aspirar a ser parte de un ejército de reserva cada cierto tiempo en los mercados de trabajo, sino mera población sobrante. Con tal de minar la fuerza de un sindicato combativo como el de los electricistas del SME, la guerra cognitiva se desplegó en los amplios frentes de la desinformación periodística y la distorsión de la legalidad.

      La guerra cognitiva es como lo que narra, guardadas las proporciones, Gabriel García Márquez en "La mala hora", cuando uno de los personajes, el Juez Arcadio, sentencia: "todo el pueblo tiene dolor de cabeza", refiriendo cómo se trastoca la vida apacible de una comunidad cuando se da crédito a libelos que manos anónimas difunden por doquier, minando la reputación de las personas y, con ello, la desconfianza de unos y otros como sociedad. El remate de esa narración, por otro personaje del escritor, no tiene desperdicio: "en la historia nunca ha habido un peluquero conspirador; en cambio, no ha habido un solo sastre que no lo haya sido", como cuando se quiere convencer que las mangas del chaleco tienen de una prenda el mayor valor.         

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