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Lo que aprendí de las orquídeas

Por Yolanda Camacho Zapata

Abril 28, 2026 03:00 a.m.

A

Antes de las orquídeas, yo mataba cualquier planta. Llegué a ver morir por mi causa cactus que se quedaron secos y suculentas que fallecieron ahogadas. La verdad, nunca tuve paciencia para la jardinería, hasta que un buen día, quién sabe por qué artes, Marcos decidió regalarme una orquídea pequeña, de esas liliputenses en una maceta de cristal transparente con dos desagües a los costados para que salga el exceso de agua. "-Valiendo gorro-", pensé, "-Esta no me va a durar ni tres días-"Pero ya saben, el temor a pasar vergüenza es un poderoso agente motivador, así que me propuse mantener viva a la plantita por lo menos hasta la siguiente temporada o, de perdido, hasta que a Marcos se le olvidara que me la había regalado. 

Como hago con todas las cosas que no entiendo, me puse a leer sobre las orquídeas. Descubrí que en estado natural nacen y crecen pegadas a los troncos de los árboles, donde tiene sobra y con la raíz expuesta. Contrario a muchas plantas, las orquídeas son bastante resistentes, tanto como para tener su base pelada y a la vista, sin la cubierta protectora de la tierra. Luego, pensé que eran una especie de parásito, alimentándose de los nutrientes del árbol al cual se pegan, pero resulta que no, que su tipo se llaman epífitas, y que eso significa que no daña a la especie de la cual se cuelga, sino que simplemente habita ahí, pero toma de manera independiente el agua que necesita o los nutrientes con lo que crece. Vaya, que más bien le gusta la compañía y que le proporcionen la sobre que ella sola no puede proporcionarse. 

Luego supe que los cambios de temperatura entre día y noche de entre cinco a quince grados, les favorece para florear bonito; es decir que, aunque parezcan delicadas, son bastante resilientes. Es más, si se mantienen a temperatura constante, digamos unos veintidós grados, va a tener hojas verdes y sanas, pero posiblemente no vaya a producir una vara floral. Se va a quedar ahí, estancada.

Cuando florea generalmente lo hace en cascada, aparece primero los más cercanos a la punta de la vara hacia y son bastante ordenadas, porque se van a abrir en secuencia, para no estorbarse unas a otras. Luego aguantan incluso unos meses abiertas y van a morir igual, en orden, primero la que se abrió de inicio y así sucesivamente. 

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Luego, cuando las flores se han ya ido, hay que esperar un poquito porque puede ser que salga una nueva ramita, pero si se empieza a poner marrón, entonces hay que cortar casi a nivel de raíz, es decir, donde la rama esté más pegada a donde nació. Ahí hay que buscar el primer nudito y sin temor, cortar con tijeras, porque si no, la planta seguirá enviando nutrientes a algo que ya no va a dar nada: ni van a salir hojas, ni ramas, ni mucho menos flores. Podarlas servirá para que esos nutrientes se concentren en producir una nueva rama y nuevas flores. 

Ahora bien, esta clase de jardinería puede servirle por si tiene usted orquídeas, pero le va a servir más si no las tiene y decide usted convertirse en orquídea. Primero: nada tiene de malo recargarse en los demás, acogerse bajo su sombra, sentirse acompañado, pero, por piedad, no dependa de ningún árbol para vivir, procúrese sus propios nutrientes, no le succione a nadie más su energía. Viva por sí mismo. 

Segundo: forme usted raíces resistentes, expuestas, de esas que no se esconden bajo tierra. No niegue de donde viene, al contrario, el origen a la vista le acabará forjando tan sólidamente que no habrá nadie que le cause sombra, y le aseguro que, aunque le avienten tierra, a usted no le importará porque no la necesita. 

Tercero: Los cambios son naturales, aunque muchos de ellos, calan. Unos parece que ahogan de calor, otros nos dejan paralizados de frío y, sin embargo, cada cambio propicia un nuevo crecimiento, una nueva rama, una nueva flor. Sí, uno puede decidir ser planta de invernadero, se va a ver bonita, pero hasta ahí, no habrá nada más. Los frutos se forjan sabiendo adaptarse al cambio, aunque sea incómodo. 

Cuarto: las cosas tienen su tiempo y su orden y por tanto, tratar de florecer antes o de mantenerse siempre frondoso es tarea absolutamente inútil. Uno tiene que pasar por procesos inevitables, y al final, por más bonitos que nos veamos, por más importantes que nos creamos, vamos a morirnos igualito que cualquiera, así que, lo mejor, es disfrutar de lo que toca en el momento, sin prisas, pero también sin calmas.

 Y por último: dé espacio y tiempo a las cosas, pero también cuando sea momento, hay que hacer podas. Va a doler, seguro. Pero hay veces que hay que aguantarse para que nazcan otras flores.

Y ya, lectora, lector querido, esto es lo que he aprendido de las orquídeas.