logo pulso
PSL Logo

Los hijos del algoritmo

Por Jorge Chessal Palau

Marzo 02, 2026 03:00 a.m.

A

Hay ideas que suenan responsables sólo porque parecen legítima preocupación, pero que pueden generar peores consecuencias que lo que se trata de prevenir. Una de ellas es la obsesión reciente por prohibir a los adolescentes el acceso a las redes sociales, como si bastara con cerrar una puerta para resolver un problema que ya está metido hasta la cocina. 

La carta que Rod Wilson envió al Wall Street Journal, publicada el 27 de febrero bajo el título "If the Kids Are Online, We Should Be Involved", tiene el mérito raro de decir en pocas líneas algo que muchos debates públicos no quieren aceptar y es que la prohibición puede ser emocionalmente comprensible, pero estratégicamente miope.

Lo emocional se entiende perfectamente. ¿Quién no quisiera ponerles una muralla a TikTok, Instagram, X y a toda esa economía de la ansiedad, la comparación, la vanidad editada y la distracción infinita? ¿Quién no querría ahorrarles a los jóvenes el desfile de rostros perfectos, opiniones histéricas, retos idiotas, linchamientos digitales y esa extraña obligación contemporánea de convertir la vida en escaparate? 

El problema es que una cosa es querer proteger y otra muy distinta es educar. Confundir ambas cosas es uno de los errores más cómodos y riesgosos de nuestra época.

¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí


Creemos que todavía podemos criar hijos para un mundo que ya no existe. Nos guste o no, no estamos criando hijos para un mundo sin redes, los estamos formando para un mundo atravesado por ellas y, en ese contexto, quitarles el acceso no necesariamente los fortalece, por el contrario, muchas veces sólo retrasa el momento en que tendrán que aprender a defenderse solos.

Ése es el punto más sensato de Wilson en su carta: la resiliencia no nace de la ausencia del riesgo, sino del aprendizaje para enfrentarlo, pues el juicio no aparece por generación espontánea el día que alguien cumple dieciocho años. Si un adolescente llega a la vida adulta sin haber aprendido a distinguir una mentira viral de una verdad incómoda, una aprobación falsa de un vínculo real, una exhibición cuidadosamente editada de una vida auténtica entonces no llega más sano, llega desvalido y desarmado.

La prohibición tiene una ventaja política evidente, pues traslada la responsabilidad, la mueve del hogar a la ley, de la conversación al reglamento, de la formación al candado. Si el verdadero problema fuera sólo la existencia de las plataformas bastaría con regularlas. Pero el problema también somos nosotros los adultos que a veces queremos que el Estado haga el trabajo de crianza que no siempre estamos dispuestos a asumir.

A veces esta discusión me recuerda, en versión tecnológica, a dos formas opuestas de entender la protección. Una es la de Marlin, el padre de la película de dibujos animados Buscando a Nemo, que quiere evitarle a su hijo todos los riesgos del océano y termina descubriendo que proteger no es encerrar, sino enseñar a nadar. La otra es mucho más inquietante y más cercana a nuestra tradición cultural. Hablo de El castillo de la pureza, esa película de Arturo Ripstein en la que el afán de resguardar a la familia de un mundo supuestamente corrupto termina convirtiendo la protección en encierro y la pureza en asfixia. Entre una y otra imagen se mueve hoy el debate sobre las redes sociales, pues creemos que alejando a los jóvenes del mundo digital los hacemos más seguros, cuando a veces sólo los dejamos más indefensos para el día en que inevitablemente tengan que entrar en él.

Hay bastante hipocresía en escandalizarse por el tiempo de pantalla de los jóvenes mientras los mayores viven (vivimos) pegados al teléfono, padres que no pueden terminar una comida sin mirar notificaciones, adultos que reenvían basura digital con sumo entusiasmo, familias enteras reunidas físicamente y ausentes mentalmente, cada una atrapada en su pequeño calabozo portátil. 

Después nos sorprende que los adolescentes no sepan administrar su atención. ¿Y de dónde la iban a aprender? 

X: @jchessal