Los nuevos chicos en el pueblo
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Usted lo vio en prensa. La reciente creación de dos nuevos partidos políticos nacionales en México vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿más partidos significan más democracia?. Para quienes estamos interesados y comprometidos con preservar un sistema democrático en nuestro país, esta no es una pregunta ociosa. La profundidad de nuestra democracia depende menos del número de registros que de la calidad de las organizaciones que nacen, de su arraigo social y de su capacidad para sobrevivir más allá del ciclo electoral. Siempre llama la atención que en un país donde la desconfianza hacia los partidos es crónica -y bien documentada-, el surgimiento de nuevas siglas puede ser síntoma de renovación o de una enfermedad más profunda: la debilidad de la representación política.
Vamos con algunas herramientas para describir lo que está pasando. En la discusión académica actual sobre los partidos ya no se les mira únicamente como maquinarias electorales. Hoy se les estudia como instituciones en crisis, atrapadas entre la personalización del liderazgo, la fragmentación del electorado, la volatilidad del voto y la disolución de las identidades ideológicas. Es verdad que los partidos siguen siendo necesarios e indispensables para organizar la competencia democrática, pero su papel clásico ya no es tal. En el momento en que vivimos, los partidos ya no son el único puente entre sociedad y Estado; compiten de forma desigual con movimientos sociales, liderazgos mediáticos, coaliciones efímeras y formas de participación emergentes que a veces surgen de la propia sociedad. El resultado que hoy tenemos es un sistema donde abundan siglas, pero escasea la intermediación sólida.
El tema de los partidos políticos implica un debate que importa mucho para México. Aquí, la historia de los partidos nacionales muestra una rotación intensa: si hacemos memoria de los últimos treinta años, daremos cuenta que varias fuerzas han nacido, competido y desaparecido en lapsos relativamente cortos. En términos históricos, la experiencia mexicana sugiere que los partidos nuevos suelen tener una vida breve y, en muchos casos, no logran consolidar una base territorial, una identidad programática ni una militancia real. Eso no significa que los nuevos partidos deban ser descalificados por definición sino que, más bien, el sistema político mexicano ha sido particularmente hostil a la institucionalización partidaria y, al mismo tiempo, demasiado propenso a abrirse a proyectos improvisados.
Intermezzo: hagamos memoria reciente. Redes Sociales Progresistas, Fuerza por México, México Posible, Partido Socialdemócrata, Partido de la Sociedad Nacionalista, Partido Nueva Alianza, Partido Encuentro Social (v1.0), Partido Encuentro Solidario (v2.0). ¿quiere más?.
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El problema no está en la oferta de partidos, sino en los incentivos que los producen. Cuando las reglas facilitan la inscripción pero no garantizan arraigo, la competencia se llena de organizaciones frágiles, con estructuras endebles y escasa capacidad de permanencia. A veces nacen como expresión legítima de pluralismo; otras, como vehículos para resolver disputas internas, conservar prerrogativas o capitalizar coyunturas. Otras organizaciones parecen nacer desde el seno de un partido consolidado como una estrategia de diversifiación. En una revisión rápida en los últimos 30 años encontramos que la mayoría de los partidos de nueva creación pierden su registro en menos de seis años. Pienso que su fracaso se da en dos vías: no logran diferenciarse y posicionarse para alcanzar un arraigo auténtico frente a la sociedad o, en el peor de los casos, no logran mecanizar ese arraigo por medio de la movilización territorial a cambio de prebendas.
La aprobación de nuevos registros partidarios confirma que el sistema sigue abierto a la entrada de actores nuevos, pero también exhibe sus tensiones. La pregunta no es si deben existir nuevos partidos, sino qué tipo de partidos están entrando. ¿cuál es programa? ¿tienen vida interna? ¿cómo logran su presencia territorial? ¿Estamos ante la presencia de estructuras diseñadas para sobrevivir una elección y luego buscar otra forma de reciclarse? ¿el sistema permite (o privilegia) eso?.
Para la democracia mexicana, el reto es doble. Por un lado, necesita más canales de representación en una sociedad diversa, desigual y políticamente desconfiada. Por otro, necesita partidos capaces de construir ciudadanía política, no solo candidaturas. Si los nuevos partidos llegan para ampliar el debate público, renovar liderazgos y representar demandas genuinas, puede que sobrevivan cumpliendo una importante función de salud democrática: el enriquecimiento de la discusión y la representación política. Si, en cambio, llegan para reproducir el clientelismo, la improvisación o la dependencia de figuras personales, terminarán profundizando el descrédito general del sistema.
Lo relevante en esta historia no es cuántos partidos se registran, sino cuántos logran volverse instituciones con vida propia. La historia reciente indica que muchos no lo consiguen. Justo ahí está la advertencia: un sistema de partidos que produce organizaciones efímeras no necesariamente está renovándose; puede estar simplemente sustituyendo representación por rotación.
Si esta nueva etapa partidaria quiere significar algo distinto, tendrá que demostrar que no estamos ante más siglas para un mismo desencanto. Cada partido vive su propia crisis como puede, y en ese contexto llegan dos nuevos competidores para tratar de abrirse paso en una competencia que por definición es muy desigual. A veces pienso que el espectro de identidad partridaria en México se está concentrando, tristemente, a estar a favor o en contra del partido gobernante. Como si el país se tratara solo de eso.
La caminera
Entiendo bien la parte de que el mundial y la selección han neutralizado momentáneamente la polarización social en nuestro país. Pero honestamente me parece inaceptable que día de antier fallecieron cuatro personas durante los festejos del partido de futbol en la Ciudad de México. Esto habla mucho de quienes somos cuando somos masa y de nuestras autoridades cuando deciden no serlo.




