«¡Maldito lisiado!»
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Resulta que hace como 15 días, en viernes, al cruzar la Calzada de Guadalupe, en cuanto puse un pie (el izquierdo) en la banqueta del lado del Centro se las Artes (Ceart), se me dobló. Di mi mal paso y he andado durante este lapso a lo gallo-gallina, al pasito tun-tún, mientras han ido desapareciendo dolor y tumefacción.
A veces no imaginamos el dolor o las dificultades para salir o avanzar. Lo vemos lejano hasta que nos llega. Y no son pocas las lesiones por querer habitar nuestras calles, además de los padecimientos natos. Como Dr. House o Clarita la de Heidi, como Alicia Montalban o Hefesto. Sirvan las experiencias personales de estos días para platicar cómo son las calles de nuestra maltratada, pero eso sí muy adoquinada ciudad y como parte de la concientización que conlleva el Día de las Personas con Discapacidad, que se conmemora el 29 de mayo.
El día del accidente el dolor intenso fue en la pantorrilla, no en el tobillo. Como un calambre fuerte, pero permanente. Al salir del Ceart crucé muy despacio las dos calles que rodean la Calzada y esperé a que pasara un taxi o al menos un autobús de la ruta 10 / Perimetral. Nada. Lo que pasó fue el tiempo. Media hora y nada. Agarré mi dolor y haciendo varias paradas estratégicas me encaminé a mi morada (morada como sinónimo de hogar, no de construcción ajolotizada como tantas de la Cedemequis). Dado que no tengo seguridad social (y tampoco la certeza de que me fuera bien en el volado que es acudir a un hospital) fui a una clínica de Similares. Setenta pesos, más una pomada y unas píldoras.
A los dos días el dolor en la zona más conocida como chamorro desapareció, pero los lados del pie, hacia el tobillo, estaban morados. No hay banqueta que sea segura en esta ciudad: rotas, con registros mal tapados, alcantarillas abiertas y carros obstruyendo el paso. En pocas aceras hay rampas para personas con discapacidad y no falta quien estacione su carro a pesar de la pintura azul y el riesgo de multa de hasta 15 mil pesos más grua.
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Árboles cuya fronda estrecha o tapa el paso. Más allá alguien puso mosaicos resbaladizos (como cierta pastelería) y unos pasos adelante los de los tacos echan agua jabonosa y grasosa. La altura de las banquetas cambia de una casa a otra. Por eso personas de la tercera edad, con carritos del mandado, andadera o silla de ruedas, prefieren ir por la ciclovía (cuando hay, aunque sea semidestruida). Cuando no hay una macetera hay una rampa para el carro (a veces en todo el frente) con una inclinación de 45 grados. A cada rato el pie se dobla, aunque sea poquito.
Hasta que pasa algo nos ponemos a pensar en cómo caminamos, cómo nos movemos. Es algo tan automático que no vemos si caminamos derechos o sobre la parte externa de los pies, si con el talón o los dedos, o con qué pierna damos el primer paso al ponernos en movimiento. Por ejemplo, yo supe apenas que siempre empiezo a caminar o subo las banquetas con el pie izquierdo. El cambiar el peso a la otra pierna puede hacer que duela la cadera. O la rodilla. He visto más personas con cojera últimamente, quizá no había puesto suficiente atención.
En México casi nueve por ciento de la población tiene problemas de discapacidad física o motriz, temporal o permanente. De ese nueve por ciento la mitad son adultos mayores y uno de cada cinco hogares tienen a una persona con problemas de movilidad. En muchos edificios públicos el elevador está descompuesto. Los cajones de estacionamiento son ocupados con frecuencia por personas que no quieren batallar ni caminar un poco.
Para cruzar la calle ahora prefiero esperar a que no vengan carros o que vengan muy lejos, porque muchos aceleran cuando ven que el peatón viene lento. O dan vuelta y ven si viene carro, no un humilde peatón. Y como los semáforos no están sincronizados o duran un suspiro, ¡ay de quien se quede a media calle! Mínimo un claxonazo, una mentada o una mirada de desprecio.
Se hace camino al andar y aunque sea cojeando iré. Yo voy de salida, pero habría que pensar más la ciudad como un hábitat para todos. ¿Pies para qué los quiero? Para caminar. Al ponernos en movimiento también el cerebro se activa.
A caminar hasta que se pueda, a movernos si hay cómo. Con tropezones o despacito. Escribió María Cruz en Periódico de Poesía: «La caminata nos salva de los clichés. Su ley es el movimiento y su péndulo ampara al que camina de anquilosarse en una sola idea. Escribir se parece a caminar; se hace escritura al escribir. Existir se parece a caminar: se vive al ir viviendo, se aprende».
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