Muskismo
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De pronto en México nos ocupa tanto la atención la diversidad de nuestros temas domésticos que perdemos de vista cuestiones de verdadera importancia para la humanidad en general. No es nuestra culpa, tan mal nos va con nuestros gobernantes que primero está sobrevivir antes que filosofar. Por hoy, echemos un vistazo a uno de esos temas que sí merecen más atención.
Elon Musk dejó de ser solamente el dueño de Tesla, el señor de los cohetes o quien compró Twitter para rebautizarlo como X; se ha vuelto una especie de hito cultural. Hay personas que lo veneran como si fuera el ingeniero del porvenir; otras lo detestan como si encarnara todos los excesos del capitalismo tecnológico. Pero quizá lo más interesante no sea Musk como personaje, sino el fenómeno que empieza a organizarse alrededor suyo: el muskismo.
Un libro reciente ha puesto nombre a esta intuición. En Muskismo. Elon Musk y la nueva era posliberal, Quinn Slobodian y Ben Tarnoff proponen mirar a Musk no como una rareza individual, sino como síntoma de una época: así como el fordismo ayudó a entender el capitalismo industrial del siglo veinte, el muskismo serviría para entender un capitalismo del siglo veintiuno basado en tecnología, infraestructura y promesas de soberanía. Elon Musk importa menos como biografía que como arquitectura del futuro, una arquitectura donde la libertad se anuncia como innovación, pero suele llegar como dependencia tecnológica.
A partir de esto, yo entendería el muskismo como la promesa de libertad mediante infraestructuras privadas que, al mismo tiempo que nos liberan de una dependencia, nos atan a otra. No es una ideología tradicional, es más bien una manera de imaginar el futuro. si el Estado falla, si las ciudades colapsan, si la información se pudre, si la Tierra se calienta, si las instituciones se vuelven lentas, entonces aparecerá una tecnología capaz de rescatarnos.
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El muskismo no vende solo productos, vende alternativas de solución. Tesla es más que un automóvil; es la ilusión de escapar del petróleo; SpaceX no es solo una empresa aeroespacial; es la fantasía de poder escapar del planeta; Starlink no es solo internet satelital, es la posibilidad de conectarse aunque no haya infraestructura física local; X no es solo una red social; pretende presentarse como la plaza pública donde cualquiera puede hablar sin pedir permiso a los viejos censores de la opinión, salvo la propia aplicación.
La paradoja es que todas esas salidas tienen puerta, contraseña, dueño, algoritmo, contrato, precio y condiciones de uso. El muskismo promete autonomía, pero la autonomía ocurre dentro de sistemas privados; nos ofrece independencia mediante suscripción. Por eso el tema de los satélites es central. Starlink no debe verse como un lujo tecnológico para viajeros, barcos o zonas remotas. Una red de satélites de órbita baja puede convertirse en infraestructura estratégica para gobiernos, ejércitos, empresas, comunidades aisladas y zonas de desastre.
Quien controla la conexión no solo controla un servicio, controla una condición de existencia pública. En un mundo donde estar desconectado equivale casi a desaparecer, el proveedor de conectividad adquiere un poder que antes asociábamos solo con el Estado. El siglo XX se organizó alrededor de carreteras, fábricas, petróleo y televisión, el XXI empieza a organizarse alrededor de redes, sensores, inteligencia artificial y órbitas. El muskismo, más que anécdota, es un síntoma de época.
Miles de personas critican a Musk en X todos los días pero lo hacen dentro de una infraestructura que él controla. Cada indignación genera tráfico, cada polémica genera permanencia, cada insulto confirma que la plaza sigue siendo central. La crítica se vuelve contenido y la oposición paga peaje. A eso podríamos llamarle crítica cautiva, una crítica real, incluso necesaria, pero obligada a circular por los canales del poder que denuncia.
El problema es que parece que viviremos en un planeta privatizado.
X: @jchessal



