Secretario reprobado
La nueva ciencia política mexicana desafía todas las leyes de la economía y de la pedagogía: reducir las horas laborales para elevar la productividad y recortar el periodo escolar para mejorar la educación. Tales premisas dan sustancia al llamado "humanismo mexicano", una doctrina todavía difícil de definir, aunque sus consecuencias comienzan a sentirse en la realidad del país.
Resulta inevitable preguntarse cómo el despacho que ocuparon José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet –entre otros- terminó en manos de Mario Delgado. La Secretaría de Educación Pública fue concebida como el motor intelectual del país, el espacio donde se construiría ciudadanía, conocimiento y cultura. Hoy parece más una oficina de propaganda política que una institución preocupada por el futuro educativo de México. Tony Blair repetía que para que una nación pudiera prosperar se requería "educación, educación y educación". México parece haber optado exactamente por la fórmula contraria, menos exigencia, menos aprendizaje y, por poco, con menos días de clase. Y todo esto ocurre mientras México arrastra resultados vergonzosos en las pruebas PISA de la OCDE, en la última evaluación internacional disponible, correspondiente a 2022, el país ocupó el lugar 51 entre 81 naciones evaluadas, con retrocesos alarmantes en matemáticas, comprensión lectora y ciencias. Bajo semejante panorama, a Mario Delgado, todavía se le ocurrió intentar reducir cuarenta días de clase. Para hacerlo, Delgado se reunió en un auténtico cónclave burocrático con los 31 secretarios de educación del país, quienes por unanimidad aprobaron recortar el calendario escolar, aduciendo dos endebles argumentos, el Mundial de futbol –13 partidos a jugar en la tarde-noche- y el calor.
Don Mario lanzó la siguiente perla: "En todo el sistema educativo, después del 15 de junio –un mes previo a las vacaciones- se cae en un periodo que en realidad se aprovecha para la descarga administrativa. Se mantienen las aulas abiertas realmente sin un propósito pedagógico, sólo por cumplir un conteo, se desvirtúa la dignidad docente y se convierte la escuela en una estancia forzada. Ese tiempo muerto a veces es burocracia que roba espacio a la convivencia familiar y a la salud mental de nuestra niñez". Y de paso, lanzó una salpicada a los empresarios: "Las escuelas no pueden seguir funcionando como guarderías del mercado económico". O sea, el último mes de clases es una "pachanga", sin razón de ser. Ninguno de los presentes advirtió el absurdo pedagógico, ninguno defendió la necesidad de enseñanza en un país que aprende menos, todos levantaron la mano disciplinadamente.
Pero vino la presión pública, las críticas, el escándalo y el evidente costo político de la ocurrencia. Entonces, como robots programados para obedecer señales superiores, volvieron a reunirse los responsables de la educación del país y, con el mayor desparpajo, por unanimidad se pronunciaron exactamente a favor de lo que habían votado en contra: mantener intacto el calendario escolar. La escena retrata con precisión el funcionamiento del actual aparato público, funcionarios sin autonomía, incapaces de debatir, cuya principal habilidad consiste en detectar hacia dónde sopla el viento presidencial, no deliberan, obedecen. Y si Mario Delgado terminó rectificando, no fue por convicción, sino porque desde Palacio Nacional llegó la instrucción de apagar el fuego. Mario Delgado queda reprobado.
¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí
(Analista)
no te pierdas estas noticias




