Teotihuacán
El 20 de abril de 2026 no fue un día cualquiera. La noticia de un tiroteo en Teotihuacán irrumpió en la agenda pública con fuerza inesperada. No solo por la violencia misma, sino por el lugar: un sitio que asociamos con el pasado, la memoria y la grandeza cultural, pero no con el miedo ni la muerte. Lo relevante fue lo que vino después: la manera en que se explicó, se narró y el significado que se le dio. Cuando ocurre un evento así, no solo se activan protocolos de seguridad. También se activan discursos y las palabras, aunque no disparan balas, sí construyen realidades.
Desde el primer momento, la narrativa oficial buscó marcar una línea clara: lo ocurrido fue un hecho excepcional. La presidenta Claudia Sheinbaum expresó: "Todos sabemos que no habíamos presenciado algo así en México. Pues es la primera vez que ocurre". El mensaje es poderoso porque ofrece algo que todos necesitamos en medio de la incertidumbre: tranquilidad. Si es la primera vez, entonces no es parte de un hecho cotidiano. Si es excepcional, entonces no define al país. Pero aquí es donde conviene detenernos. ¿Qué significa decir que algo es "aislado"? ¿Qué se gana, y qué se pierde, cuando una tragedia se presenta como un hecho aislado?
El discurso oficial también apeló a la emoción: "Lo ocurrido hoy en Teotihuacán nos duele profundamente... expreso mi solidaridad con las víctimas y sus familias." Este tipo de mensaje cumple una función importante: humaniza al gobierno, lo acerca a la ciudadanía, muestra empatía. Al mismo tiempo, las autoridades de seguridad, encabezadas por Omar García Harfuch, aseguraron que "la Guardia Nacional actuó con rapidez y eficacia". De nuevo, el mensaje busca transmitir control. En momentos de crisis, la confianza en las instituciones depende en buena medida de la percepción de que estas funcionan.
Mientras el discurso oficial cerraba filas en torno a la idea de un "hecho aislado", otras voces comenzaron a contar una historia distinta. Los medios internacionales reportaron que "un hombre abrió fuego desde lo alto de la Pirámide de la Luna". No es una descripción cualquiera. El lugar importa. Convertir un espacio simbólico en escenario de violencia tiene un impacto que va más allá de lo inmediato: reconfigura la percepción de seguridad, no solo para quienes estaban ahí, sino para quienes observan desde fuera. Además, la noticia de que "una turista canadiense murió y 13 personas resultaron heridas" introdujo un elemento adicional: la dimensión internacional. Cuando la violencia trasciende fronteras, también lo hace la preocupación. México no solo se observa a sí mismo, sino que es observado por el mundo.
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Pero quizá las voces más incómodas fueron las de quienes estuvieron ahí. Testimonios recogidos por la prensa señalaron: "No había seguridad y tardaron en llegar." Esta frase, sencilla y directa, tiene un peso enorme. Porque rompe con la narrativa de control. Porque introduce duda. Porque obliga a preguntarnos si la realidad fue tan ordenada como se nos quiso presentar. Aquí es donde se vuelve evidente que lo que está en juego no es solo la interpretación de un evento, sino la manera en que una sociedad entiende la violencia. Si aceptamos que se trata de un caso aislado, entonces no hay mucho más que hacer. Se atiende la emergencia, se acompaña a las víctimas y se sigue adelante. Pero si empezamos a ver patrones, fallas o condiciones que lo hicieron posible, entonces el significado cambia.
Lo ocurrido en Teotihuacán no puede entenderse solo como un episodio trágico. También es una oportunidad para preguntarnos qué estamos viendo y qué estamos dejando de ver. ¿Es realmente la primera vez que algo así ocurre? Hay violencias que pasan desapercibidas porque no ocurren en espacios simbólicos. Porque no involucran a turistas. Porque no capturan la atención mediática. Pero existen y cuando una de esas violencias irrumpe en un lugar como Teotihuacán, lo que hace es visibilizar algo que ya estaba ahí. Por eso, más que discutir si fue o no un hecho aislado, la pregunta relevante es otra: ¿qué condiciones hicieron posible que ocurriera?
Responder esa pregunta implica incomodidad. Implica revisar políticas de seguridad, capacidades institucionales, mecanismos de prevención. Implica aceptar que la realidad es más compleja de lo que nos gustaría. Pero también implica algo más importante: asumir responsabilidad colectiva. No basta con confiar en que las autoridades tienen el control. Tampoco basta con indignarse momentáneamente. Lo que se necesita es un debate público más honesto, más abierto, más dispuesto a reconocer matices. Porque la seguridad no se construye solo con operativos. También se construye con diagnósticos correctos.
En resumen: Lo ocurrido en Teotihuacán no solo nos confronta con la violencia, sino con nuestra forma de explicarla. Podemos elegir la comodidad de pensar que fue un caso aislado, o asumir la responsabilidad de entender sus causas. La diferencia entre ambas decisiones no está en las palabras, sino en sus consecuencias. Porque el día que dejemos de cuestionar lo que nos dicen será el día en que la violencia deje de escandalizarnos y empiece a parecernos normal y cuando eso ocurra, ya no será un problema de seguridad: será un problema de conciencia colectiva. Próxima colaboración: 20 de mayo de 2026.
@jszslp




