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Trump y el INE; matar o morir

Por Marcela Gómez Zalce

Noviembre 06, 2026 03:00 a.m.

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      El voto de castigo es la manera más civilizada que tiene una sociedad de recordarle a los gobernantes que las urnas no son una ceremonia de adoración, que la paciencia ciudadana tiene fecha de caducidad y que el poder por mucho que se ejerza con arrogancia y soberbia sigue siendo un préstamo revocable.

      Es el instante en que la ciudadanía deja de escuchar las excusas del gobierno y decide responderle con la única sentencia que no admite conferencia de prensa, propaganda o carretonadas de dinero: la derrota electoral.

      El voto de castigo no siempre representa una victoria de la oposición. Muchas veces es, sencillamente, una derrota de la soberbia del poder.

      En una forma de sanción democrática.

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      La estrepitosa derrota republicana en la jornada electoral estadunidense con los demócratas recuperando el control de ambas cámaras del Congreso, representa mucho más que un tropiezo legislativo para Trump.

      Es ese voto de castigo contra un presidente cuyo ejercicio del poder y una cadena de decisiones (geo)estratégicas erráticas despertaron el rechazo que las urnas convirtieron hoy en una nueva realidad política.

      La ironía es formidable. El hombre que construyó buena parte de su identidad política sobre la promesa de restaurar la grandeza estadounidense recibe de sus propios electores una lección elemental de democracia. Esa incómoda costumbre de recordarles a los gobernantes que el poder no es una escritura de propiedad privada.

      Sería ingenuo suponer que semejante magnitud de derrota producirá moderación en el ánimo de la Casa Blanca.

      Al contrario.

      Trump conserva el poder de esa presidencia dos años más, con amplias facultades ejecutivas y la excelsa posibilidad de convertir la confrontación exterior en un instrumento de supervivencia política rumbo al 2028.

      Y aunque el endurecimiento de la estrategia contra los cárteles mexicanos es inevitable, este riesgo merece mucha más atención especialmente porque el narcoterrorismo y su red de narcopolíticos terminará convertido en el gran espectáculo destinado a recuperar ese electorado desencantado por diversos factores donde la economía jugó un rol estelar.

      No debe olvidarse que un presidente estadounidense que pierde capacidad de maniobra dentro de su país no necesariamente pierde capacidad para ejercer presión fuera de sus fronteras. De hecho, en determinadas circunstancias, la política exterior puede convertirse en el terreno donde se intenta recuperar la autoridad, la iniciativa y el protagonismo que las urnas le han arrebatado.

      Trump no será la excepción.

      Tiene ya incentivos para radicalizarse aún más contra el gobierno de Sheinbaum, incrementar las presiones comerciales, migratorias y presentar el combate al narcoterrorismo como una demostración de fuerza. Washington podría encontrar más espacio para confrontar a México que desgastarse en tratar de convencer a un congreso dominado por los demócratas.

      Las lumbreras del Palacio y el desacreditado rebaño moreno deberán entender que el peligro no reside en un Trump debilitado, sino en la posibilidad de que su administración políticamente presionada decida trasladar al exterior una confrontación que no logra resolver dentro de casa. Una confusión de este (geo)escenario que se empieza a desenvolver en despachos estratégicos en los Estados Unidos podría convertirse en un error de cálculo de enormes consecuencias.

      Y, por si fuera poco, el timing sucede en el torbellino del hedor en el INE transformado en una versión Morena diplomáticamente maquillada del matar o morir.

      @GomezZalce