Un impacto tóxico a cien años de distancia
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Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las potencias vencedoras se enfrentaron a la necesidad de desmilitarizar Alemania y eliminar los enormes arsenales de armas y municiones que aún permanecían en su territorio. Al respecto, el Museo Marítimo Alemán señala: "Las instalaciones de producción militar, como las fábricas de armas y explosivos, fueron destruidas y demolidas; sin embargo, tras el colapso del régimen nazi, aún quedaban en suelo alemán enormes cantidades de municiones. Gestionarlas en tierra firme habría resultado sumamente difícil, ya que su detonación era una tarea ardua y peligrosa. Por ello, el vertido en el mar se consideró una solución lógica para deshacerse de este material; en aquella época, se veía a los mares como lugares de depósito final seguros para los restos bélicos". En consecuencia, los Aliados transportaron grandes cantidades de municiones hasta los puertos de la costa alemana y las cargaron en buques. Desde allí, toneladas de bombas, minas, granadas, cañones antitanque y proyectiles fueron arrojadas al mar.
Según el portal oficial del Gobierno del estado alemán de Schleswig-Holstein —que tiene costas tanto en el mar del Norte como en el mar Báltico—, se estima que permanecen unas 1.3 millones de toneladas de municiones convencionales en el mar del Norte y otras 300,000 toneladas en el mar Báltico. Pero, además de municiones convencionales, también se vertieron armas químicas. Al respecto, el mismo portal señala: "Aunque los datos disponibles sobre el vertido de municiones químicas presentan algunas lagunas, ofrecen una imagen mucho más amplia y detallada que la que se puede obtener actualmente para las municiones convencionales... Más concretamente, en la cuenca de Heligoland se vertieron proyectiles de artillería cargados con unas 12 toneladas del agente nervioso tabún".
Muchas de las zonas en las que se desechó material bélico quedaron debidamente señaladas en las cartas náuticas como áreas peligrosas. No obstante, tanto las municiones convencionales como las químicas pueden dispersarse a medida que, con el paso de los años, se corroen las carcasas que las contienen, generando un potencial problema medioambiental. En qué medida este proceso está ocurriendo actualmente y cuáles podrían ser sus consecuencias en el futuro son cuestiones que están siendo estudiadas por expertos. En este contexto, resulta particularmente relevante un artículo aparecido en agosto pasado en la revista "Marine Pollution Bulletin", por un grupo de investigadores encabezado por Romina Marietta Schuster, del Instituto Alfred Wegener, en Alemania
Marietta y sus colaboradores señalan que las dos guerras mundiales del siglo pasado dejaron un legado tóxico que ahora comienza a emerger como un nuevo problema ambiental. Además del vertido intencional de municiones en el mar del Norte y el mar Báltico, estos materiales también llegaron al medio marino como consecuencia del hundimiento de buques de guerra durante los combates o del abandono de bombas y otras municiones por parte de aviones bombarderos durante sus vuelos de regreso. Esto ha sometido durante décadas los restos bélicos a un entorno salino que ha favorecido la corrosión de los cascos de los buques y de las carcasas de las municiones, permitiendo la liberación de los compuestos que contienen. En particular, Marietta y sus colaboradores estudian la posible liberación del explosivo TNT, cuyos productos de degradación, señalan, son tóxicos y representan una amenaza para el medio marino y sus organismos.
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Para evaluar el riesgo ambiental que representan los restos de municiones hundidas en el mar, Marietta y sus colaboradores llevaron a cabo experimentos con mejillones azules en tres naufragios situados en el mar del Norte. Los sitios estudiados correspondían a un navío holandés cargado con minas, morteros y obuses de artillería, hundido durante la Segunda Guerra Mundial; un crucero ligero alemán, que transportaba obuses de artillería y torpedos; y un submarino alemán, equipado con minas, torpedos y obuses de artillería. Estos dos últimos buques se hundieron durante la Primera Guerra Mundial.
Durante el experimento, los mejillones se mantuvieron en jaulas sobre los restos de los naufragios durante varias semanas. Los investigadores observaron efectos negativos en los organismos, asociados con su exposición a los restos de naufragios que contenían municiones y concluyen: "Los hallazgos de este estudio subrayan las apremiantes amenazas ambientales que plantean los naufragios de ambas guerras mundiales en el Mar del Norte. Estos restos sumergidos, muchos de los cuales contienen municiones, liberan sustancias tóxicas como el TNT al medio marino a medida que se corroen con el paso del tiempo. La investigación, que utilizó mejillones azules mantenidos en jaulas, pone de manifiesto respuestas de estrés bioquímico y fisiológico medibles en estos organismos... Estos hallazgos recalcan la necesidad de un seguimiento continuo y de una evaluación integral de los riesgos que suponen estos peligros submarinos, con el fin de orientar las estrategias de mitigación. Este enfoque pone de relieve el legado ecológico de las actividades bélicas y sirve de modelo para abordar problemas similares en ecosistemas marinos de todo el mundo".
Un problema que las generaciones de 1945 creyeron haber dejado atrás permanece todavía hoy en el fondo del mar.
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