Familia y escuela Capítulo 330: ¿Prohibido soñar?
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Resulta claro entender que la educación formal escolarizada está fundamentada sobre preceptos científico teóricos, los cuales al poseer esas características se aseguran que los conocimientos impartidos son confiables, generalizables y absolutamente necesarios para fundamentar la educación en todos los grados y niveles académicos que se cursen.
Sin embargo, pese a toda la seguridad y confianza que brinda el ser educado bajo este esquema cientificista, para una educación integral resulta insuficiente, dado que el ser humano está conformado por diferentes áreas, no solo la cognitiva, las cuales entran en funcionamiento al momento de estar en un proceso social, como lo es el estar en un grupo durante sesiones educativas.
Áreas como la psicosocial, espiritual, emocional y otras entran en juego al momento de llegar a una escuela y estar conviviendo en un aula de clase y, desde luego, que inevitablemente se liberan diferentes sensaciones que son parte de todo individuo dando pie a proyectar sus esperanzas, valores, expectativas, alegrías y miedos, recompensas y frustraciones, confirmaciones y negativas hacia sus acciones y toda una gama amplia de sucesos, naturales y propios de cada contexto y situación en toda interacción y convivencia social.
Todo lo anterior está ligado a la convivencia social entre humanos y, desde luego que va mucho más allá que la seguridad que puede brindar la transmisión de conocimientos, por lo que en todo proceso educativo se debe tomar en consideración que, para todo proceso educativo intervienen este tipo de variables, las cuales puede que tengan una carga fuerte de subjetividad, puesto que en cada individuo se manifiestan de manera diferente, siendo esto último la razón del porqué no se habían tomado en consideración para una educación formal.
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Ante los ojos de los teóricos educativos y de muchos docentes, poco importan todos esos elementos subjetivos que se conjugan en un ambiente educativo, privilegiando que la transmisión de conocimientos se haga técnica y científicamente correcta, apegado a la norma y a sus reglas, las cuales unifican a todos por igual, no dejando lugar para las distintas ideas, rutas y propuestas que de manera creativa e innovadora se planteen; queda fuera también el fomento de los ideales y proyecto de futuro propio; si ni siquiera se toma en cuenta la diversidad cultural, familiar, económica y hasta sexual de cada alumno.
Bajo esta premisa, el siquiera tomar en cuenta fomentar el soñar como una herramienta didáctica formativa, podría sonar a un disparate; cómo algo tan vago, difuso, irreal y hasta fantasioso pudiera llegar a ser útil para la educación y formación de un individuo, contraviniendo la seriedad del proceso.
De acuerdo con algunos diccionarios, el soñar implica representarse en la fantasía imágenes o sucesos, discurriendo fantásticamente y dar por cierto y seguro lo que no lo es. Imaginar, fantasear, idealizar, ilusionarse. Anhelar persistentemente algo, como el soñar con grandezas.
Parte de educar integralmente a personas, no obstante, el nivel y grado educativo que cursen, consiste en afianzar y proyectar la confianza de cada quien, de forma tal que se sientan seguros de sí mismos, con la convicción y claridad de plantear sus objetivos y metas personales para alcanzar en su futuro; visualizar la situación en la que se quisiera estar en un plazo determinado utilizando las herramientas que la familia y la escuela brindan.
Todo gran proyecto o empresa, comenzó en el sueño de alguna mente visionaria, en donde seguramente desde su origen parecía imposible, disparatado y hasta ridículo, sin embargo, al convertirse en el motor de vida y proyecto de futuro, por el cual se luchó incansablemente aplicando resiliencia ante los episodios de fracaso y aprendizajes ante negativas y logros, se convirtió en el complemento perfecto de todas las herramientas teóricas adquiridas y demostrando que la imaginación desarrollada en sueños es tan importante como el mayor grado académico obtenido en la más prestigiada universidad.
Seguramente Julio Verne imaginó en sueños el viajar a la luna o hacerlo de manera submarina; lo mismo que el gran Leonardo Da Vinci y sus fantasías de poder volar como las aves; y Nikola Tesla con la corriente eléctrica alterna y sus sueños de dotar de energía y luz eléctrica gratuita para la humanidad; o los alumnos de bachillerato o universidad con la presentación de sus proyectos finales de ciencias o de ecología.
Para usar los sueños de manera didáctica y formativa, se debe desprender la etiqueta de que el hacerlo es solo para el descanso y recuperación de energías y en su lugar colocar aquella que implica el anhelar persistentemente algo, que otorgue el sentido de vida para cada día de existencia, además de confirmar la personalidad de cada quien acorde con sus características y proyecciones de futuro.
Nada me extrañaría que, en una sesión de clases, en determinado momento el docente hiciera un espacio y anunciara: "pausa para soñar, cierren sus ojos y comiencen a imaginar en dónde, cómo y en qué lugar se ven en el futuro; al terminar, dibújenlo, o nárrenlo de manera oral o escrita"
Soñar entonces, dormido o despierto, se convierte en esa pantalla generada por la mente de cada persona, en donde se proyectan las imágenes, símbolos, escenarios, situaciones, lugares y todo lo que de manera infinita nuestra imaginación e inventiva pueda crear, planteado como el futuro que nos reta para que sea el motivo de vida que, cada mañana al despertar, nos impulse a lograrlo y hacerlo posible.
Si no nos permitimos soñar, estamos condenando nuestras ideas, pensamientos y creaciones a permanecer calladas y encadenadas a las realidades normativamente terrenales; en cambio, si lo hacemos, nos lleva a renunciar a pertenecer al cúmulo de personas que deambulan sin rumbo y sentido, solamente contemplando y volteando a ver frustradamente cómo pasan los demás persiguiendo sus sueños.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx




