In-D: Cartel de Santa, en caída libre
"Tal vez todavía exista tiempo para una última sorpresa..."

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Cómo no recordar aquél lejano tiempo en que escuchar a Cartel de Santa significaba pararle los pelos de punta a los defensores de las buenas costumbres. Sus propuesta tenía una personalidad inconfundible, una mezcla de humor callejero, vulgaridad, arrogancia y ritmos que consiguieron instalarse en el imaginario de toda una generación. No necesitaban la aprobación de nadie. Su encanto consistía, precisamente, en parecer incapaces de pedir permiso.
Más de dos décadas después, la agrupación encabezada por Babo se encuentra en una etapa que podría representar el cierre de su trayectoria discográfica. En agosto de 2026 apareció Vol. 8: Primer Capítulo, un lanzamiento de seis canciones que puso fin a una larga ausencia de álbumes de estudio. Posteriormente llegó Tómala Cochino, un sencillo que reavivó la controversia con Dharius, antiguo integrante de la agrupación. Sin embargo, más allá de los conflictos personales y las expectativas que acompañan a una posible despedida, hay una cuestión difícil de ignorar: la calidad de la nueva música (si es que podemos llamar música al último material de la agrupación).
Canciones como Bien Pata y Tómala Cochino dejan una sensación de desconcierto. Las producciones parecen desprovistas de aquella contundencia que caracterizaba a los mejores trabajos del grupo. Las letras resultan predecibles, los videos musicales ofrecen poco atractivo visual y el flow de Babo transmite una pesadez que difícilmente puede confundirse con madurez artística. Todo parece avanzar con una lentitud desconcertante, como si estuviéramos escuchando a un músico que continúa trabajando por inercia, pero que ha perdido buena parte del entusiasmo que alguna vez alimentó su creatividad.
Lo más decepcionante es que Cartel de Santa nunca necesitó sofisticación para construir buenas canciones. Su propuesta nació de la provocación, del lenguaje explícito y de una particular habilidad para convertir situaciones cotidianas en relatos musicales llenos cultura callejera. La vulgaridad y el chacoteo jamás fueron sus principales defectos; por el contrario, era uno de sus recursos expresivos. El problema aparece cuando esa vulgaridad deja de estar acompañada de ingenio y se convierte en una fórmula que se repite sin demasiada imaginación.
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Hay algo particularmente triste en escuchar a un artista intentando reproducir los elementos que alguna vez lo hicieron exitoso, pero sin conseguir recuperar la vitalidad que les daba sentido. Porque una cosa es evolucionar y otra muy distinta es quedarse atrapado en una versión desgastada de uno mismo. Babo no tiene ninguna obligación de rapear como lo hacía a principios de los dos mil. Podría explorar otros sonidos, modificar sus estructuras musicales o incluso adoptar una perspectiva más reflexiva. Lo desconcertante es que sus nuevas canciones parecen aferrarse a una identidad que ya no consigue producir el mismo impacto.
La ausencia de Dharius también invita a reflexionar sobre la importancia de la química creativa dentro de una agrupación. Sería exagerado atribuirle exclusivamente a su salida las debilidades de los lanzamientos posteriores, pero tampoco resulta descabellado preguntarse cuánto aportaba aquella interacción a la personalidad musical de Cartel de Santa. A veces, la grandeza de un proyecto no reside únicamente en el talento de su figura principal, sino en la combinación irrepetible de quienes lo acompañan.
Por supuesto, ninguna trayectoria artística puede sostener indefinidamente el mismo nivel de inspiración. Incluso los músicos más importantes han publicado trabajos menores, canciones olvidables y discos que difícilmente resisten la comparación con sus mejores épocas. El problema adquiere otra dimensión cuando esos lanzamientos aparecen acompañados de la posibilidad de una despedida. Entonces dejan de ser simples novedades discográficas para convertirse, inevitablemente, en una especie de testamento artístico.
No somos pocos los que estamos decepcionados. Cartel de Santa construyó una trayectoria que merece un cierre a la altura de su importancia histórica. No necesariamente un álbum revolucionario ni una colección de éxitos destinados a dominar las plataformas digitales, sino una obra capaz de transmitir que detrás de tantos años de experiencia todavía existe una inquietud creativa. Algo que permita reconocer al artista que alguna vez consiguió transformar la insolencia en una identidad musical propia.
Bien dicen por ahí: no todo lo que brilla es oro, ni todo lo que es oro brilla. Es posible que las nuevas canciones encuentren seguidores, acumulen reproducciones y mantengan vigente el nombre de la agrupación. Pero la popularidad y la calidad artística no siempre recorren el mismo camino. Una canción puede despertar curiosidad por el peso de quien la interpreta y, aun así, dejar muy poco después de terminar. La nostalgia garantiza que muchos regresen a escuchar a sus ídolos; lo que no garantiza es que encuentren nuevas razones para quedarse.
Sería injusto permitir que un puñado de canciones decepcionantes borre la importancia de Cartel de Santa en la historia del rap mexicano. Su influencia, su identidad y su contribución a la popularización del género permanecen ahí, independientemente de lo que ocurra con sus próximos lanzamientos. Pero reconocer ese legado tampoco significa renunciar a la crítica. Al contrario: cuanto mayor ha sido la aportación de un artista, mayores son las expectativas que despierta su última obra.
Tal vez todavía exista tiempo para una última sorpresa (agradable, de preferencia). Quizá los próximos capítulos de Vol. 8 recuperen algo de aquella energía que convirtió a Cartel de Santa en un referente del rap nacional. Ojalá sea así. Porque pocas cosas resultan tan desalentadoras como contemplar el ocaso de un artista que alguna vez admiramos y descubrir que su mayor competencia ya no son los músicos de las nuevas generaciones, sino sus propias sombras, su propio pasado.











