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In-D: ¿De vuelta a la caverna de la censura?

La censura musical en México expulsó al rock de espacios públicos tras Avándaro

Por Daniel Tristán

Octubre 07, 2026 04:43 p.m.

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In-D: ¿De vuelta  a la caverna de la censura?
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      En 1985, un grupo de mujeres influyentes de Washington decidió que había canciones que los jóvenes estadounidenses no deberían escuchar sin, por lo menos, una advertencia de por medio.

      Así nació la famosa lista de los Filthy Fifteen: quince canciones de artistas como Prince, Madonna, Judas Priest, AC/DC o Black Sabbath señaladas por contener referencias al sexo, las drogas, la violencia o el ocultismo.

      Detrás de aquella cruzada estaba el Parents Music Resource Center (PMRC), organización encabezada, entre otras, por Tipper Gore, esposa del entonces senador Al Gore. El asunto llegó hasta el Senado de Estados Unidos, donde músicos como Frank Zappa, Dee Snider y John Denver comparecieron para defender la libertad de expresión.

      De aquella batalla cultural terminaría surgiendo una de las estampas más famosas de la historia de la música: "Parental Advisory: Explicit Content". Cuarenta años después, aquella discusión resulta curiosamente familiar.

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      En México sabemos bastante de censura musical. Después de Avándaro, durante los años setenta, el rock fue prácticamente expulsado de los grandes espacios públicos y comerciales. Los conciertos masivos desaparecieron, las estaciones de radio cerraron sus puertas al rock mexicano y el género terminó refugiándose en aquellos sitios semiclandestinos conocidos como hoyos fonquis.

      El rock no desapareció. Simplemente lo mandaron al sótano. Con los años las cosas comenzaron a cambiar. Durante los ochenta llegó el llamado Rock en tu Idioma, aunque buena parte de aquello era, siendo generosos, pop con chamarra de cuero. Era suficientemente rebelde para vender juventud, pero suficientemente inofensivo para no alterar demasiado el orden de las cosas.

      Entonces llegaron los años 90´s y algo extraño ocurrió durante esa década. Como si alguien hubiera abierto una compuerta, comenzó a circular material que hoy provocaría reuniones de emergencia en departamentos jurídicos, oficinas de relaciones públicas y equipos de manejo de crisis.

      En 1997 apareció ¿Dónde jugarán las niñas?, el debut de Molotov. Bastaba mirar la portada para entender que nadie estaba tratando de comportarse correctamente. Adentro estaban Puto, Chinga tu madre, Que no te haga bobo Jacobo y Gimme tha Power. Casi simultáneamente, desde Monterrey, Control Machete irrumpía con Mucho Barato, llevando al gran público un hip hop mexicano áspero, callejero y sin demasiadas ganas de pedir permiso.

      La televisión tampoco parecía conocer la palabra prudencia. Programas como La Hora Pico o La Escuelita VIP llenaban la pantalla de albures, estereotipos, insinuaciones sexuales y mujeres con muy poca ropa. Facundo podía aparecer con Jaime Duende, un personaje alcohólico, violento, misógino, vulgar y completamente impresentable bajo prácticamente cualquier manual corporativo de 2026. Todo aquello se transmitía en televisión abierta.

      Había algo interesante: el espectador conservaba una responsabilidad que hoy parecemos empeñados en delegar.

      Si algo te parecía ofensivo, podías apagar la televisión. Si un disco te parecía vulgar, no lo comprabas. Si un comediante te parecía idiota, no ibas a verlo.

      Después llegaron las redes sociales y, durante algunos años, la sensación de libertad fue todavía mayor. Internet parecía territorio sin dueño. Cualquiera podía escribir, publicar, insultar, provocar o crear sin pedir permiso a un editor, una televisora o una disquera. Parecía que finalmente habíamos escapado del censor. Pero el censor también aprendió a usar internet.

      Hoy no necesariamente lleva traje, ocupa una oficina gubernamental o pertenece a una asociación de padres preocupados por las letras de Prince. Puede ser un algoritmo. Una política de contenido. Una palabra prohibida. Una denuncia masiva. Una campaña de presión. Una desmonetización. Una suspensión temporal. O simplemente el miedo del creador a decir algo que pueda convertirlo en el siguiente acusado del día.

      Justo esa es la gran paradoja. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para expresarnos y, al mismo tiempo, pocas veces habíamos sido tan conscientes de las palabras que podemos o no podemos utilizar.

      Quizá el problema sea que confundimos libertad de expresión con ausencia de consecuencias, dos cosas que evidentemente no son iguales. Una sociedad tiene derecho a criticar una canción, reconsiderar un chiste o señalar aquello que antes normalizábamos. Eso también es libertad de expresión. Pero otra cosa distinta es decidir que aquello que consideramos ofensivo debe desaparecer.

      Los Filthy Fifteen parecen una reliquia de otra época porque sus censores hablaban de sexo, satanismo y malas palabras. Nuestros censores contemporáneos utilizan otro vocabulario y defienden otras causas. Algunos argumentos incluso pueden parecernos mucho más razonables.

      El mecanismo, sin embargo, merece ser observado con atención, porque quizá la pregunta nunca fue si somos libres para hablar. La pregunta es quién dibuja los límites del corral. Y, sobre todo, cuánto estamos dispuestos a permitir que ese corral se vaya haciendo cada vez más pequeño.