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Se equivocó con todos

Por Catón

Marzo 14, 2026 03:00 a.m.

A

Terminó el evento erótico en la habitación número 210 del Motel Kamawa. Dulcibella le dijo a Libidiano: “Te he entregado mi virginidad. ¿Qué puedo esperar de ti?”. Aventuró el cínico galán: “¿Un recibo?”... “Papi: ¿cómo es la luna?”. Esa insólita pregunta le hizo la pequeña Rosilita a su papá. El señor se sorprendió: “¿Por qué me preguntas eso?”. Explico la chiquitina: “Porque oí a mi mami decirle al vecino del 14: ‘No te preocupes; mi marido no se da cuenta de nada. Siempre anda en la luna’”... De unos días acá los más cercanos colaboradores de Trump caminan en forma muy extraña. Marco Rubio, por ejemplo, el secretario de Estado, camina como la letra E en “La marcha de las vocales”, de Cri-Cri: alzando lo pies. (El palo de en medio es más chico, como ves). Otros caminan mascullando por lo bajo pesadas expresiones, todas de cuatro letras, como “Damn!”, “Shit!” y “Fuck!”. ¿A qué se deben tales modos de andar? El de Rubio, a que los zapatos le quedan demasiado grandes, como se ve en una fotografía que le tomaron, en la cual se advierte que los pies le nadan en ellos, como se dice en lenguaje coloquial. La manera de caminar de los otros, entre maldiciones, es debida a que el calzado les aprieta, lo cual explica las penalidades y dolores que los hacen maldecir en forma tan poco cristiana e impropia de republicanos. Ahora bien: ¿por qué los tales funcionarios usan esos zapatos, unos muy grandes para ellos, los otros de menor medida que los suyos? La explicación es increíble, pero cierta. Se ven obligados a usarlos porque Trump se los regaló, y temen incurrir en su enojo si no se los ponen. Resulta que al amarilloso Presidente le gustaron unos zapatos de medio precio; se sintió a gusto con ellos y le dio por regalarlos a sus amigos y colaboradores. No tuvo el cuidado de preguntarles qué número de calzado usan: le vio los pies a cada uno y calculó la medida. En ningún caso atinó. Ni siquiera pudo decir lo que el sujeto que se plantó en medio de la atestada cantina y gritó con tartajosa voz: “¡Calculo que todos los que están aquí son unos culeros!”. Eso de “culeros” quiere decir cobardes. Se levantó de su mesa un hombrón giganteo y le propinó al hablador una mayúscula trompada que lo hizo rodar por tierra echando sangre por nariz y boca y con varios dientes menos. “Bueno -ponderó filosóficamente el caído-. Nomás me equivoqué por uno”. Trump se equivocó con todos, y los trae caminando como gallina en mosaico, si me es permitido el uso de ese antiguo símil. El prepotente mandatario es un dictador. El problema de los dictadores, sean del norte o tropicales, es que dictan, y las ataduras de la política, del poder y de la nómina obligan a quienes los sirven a incurrir en servilismo. Lo mejor es hacer como Eloy Cavazos, el inmenso torero de Guadalupe, Nuevo León. Era novillerito joven, principiante, y fue a torear en León. Alguien le indicó que en barrera de primera fila estaba un rico dueño de zapaterías que acostumbraba obsequiar un par de zapatos a los diestros que le hacían un brindis. Fue Eloy, y montera en mano le dijo gallardamente al zapatero: “Brindo a usted la muerte de este toro. Cafés, del 7 y medio”. Eso es inteligencia, a más de valor y arte... En la farmacia una señora le preguntó al dependiente Babalucas: “¿Tiene ungüento?”. “Sí -respondió el pavitonto-. Tengo el de Blanca Nieves y el de la Cenicienta. ¿Cuál le gustaría?”. (Carajo, un chiste más como ése y mis cuatro lectores quedarán reducidos cuando mucho a dos)... Susiflor habló con Rosibel: “¿Ya te pidió la mano tu novio Salacino?”. Contestó Rosibel, mohína: “Eso es lo único que no me ha pedido el desgraciado”... FIN.