logo pulso
PSL Logo

Una breve historia del 19 de septiembre de 1985.

Por Ignacio R. Acosta Díaz de León

Septiembre 22, 2026 07:11 a.m.

A
¿Quieres resumir esta noticia?

Resumen

Destacados

    Preguntas y respuestas

      La solidaridad tiene mil formas de sacudir conciencias.

      Todo parecería que en 1985 los terremotos eran parte de la historia. A pesar que la actividad sísmica haacompañado desde casi siempre al entonces Distrito Federal: desde el 28 de julio de 1957, el "Sismo del Ángel" con la caída del monumento de la columna de la independencia, y antes, desde 1911, no se había presentado un terremoto de tan graves consecuencias, permitiendo que el temor y la previsión de la memoria colectiva ante estos fenómenos se fuera olvidando y hasta desdeñado, añadiendo además el crecimiento sin control de la vulnerabilidad física, institucional y jurídica, entre otras, lo que provocó que el sismo de las 7:19 am del 19 de septiembre de 1985 causara mucho más daño, muerte, dolor y destrucción, como nunca antes había ocurrido en el país.

      Casi al instante, en la Cruz Roja de San Luis Potosí, a cientos de kilómetros del desastre en Guerrero, Michoacán y sobre todo en el Distrito Federal, se presenciaba en una pequeña TV la transmisión con la incipiente tecnología de hace 41 años, la gravedad de lo que ocurría, por lo que un grupo de jóvenes socorristas, se organizaba para salir a apoyar en el rescate, salvamento y ayuda a los afectados por el sismo.

      Desafortunadamente, lo más grave en una situación de desastre de cualquier tipo, magnitud u origen, es la soberbia que da una posición temporal de poder, incrementada por la ignorancia y el interés político, dada la particular mezquindad en ese momento de algunos de los entonces directivos de la Cruz Roja en San Luis Potosí quienes contra viento y marea negaron tajantemente el apoyo y el permiso para que ese grupo de socorristas acudieran a ofrecer el auxilio como lo hacía todo el país, argumentando que: "no era necesario", mientras que por otro lado, un grupo de damas voluntarias con el espíritu y la prioridad de ayudar siempre, la señora Rosita García de Valladares y la señora Caridad Torres de Rangel, ambas QEPD, hacían lo posible por apoyar, encontrándose con la posición institucional de no permitir la salida del grupo de socorristas a la zona de desastre, sin que por ello cejaran en su acción e interés de continuar apoyando. Honor a quien honor merece.

      ¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí


      Ante esa realidad, ese grupo de socorristas, sin permiso de sus autoridades locales, pero con la convicción deprimero el deber humanitario, a bordo de un vehículo particular de uno de ellos salió alrededor de las 8 de la noche de ese día, llegando a las instalaciones de la Cruz Roja Mexicana en la colonia Polanco cerca de las 3 de la mañana, dada la dificultad en los accesos al Distrito Federal, la falta de energía eléctrica y las formas de comunicación, particularmente la telefónica.

      Esa madrugada, en la casi total oscuridad de una urbe un día antes pujante, el Distrito Federal olía a miedo, a desesperanza, a dolor, a incertidumbre e iniciaba a oler a muerte; no solo de las miles de personas fallecidas por el colapso de edificios o de animales que no alcanzaron a salir de sus refugios. Era el olor a muerte de una ciudad y de un sistema que sobrevivió durante décadas y ante un desastre que sacudió de múltiples formas, la conciencia y actuar de miles de personas, pobres y ricas, desconocidos y famosos, afectados y sin daños que, al unísono levantaron piedra por piedra los escombros en la búsqueda y ayuda de familiares, amigos y desconocidos.

      En ese momento, la sede nacional de la Cruz Roja era un caos y no era para menos. Los socorristas Potosinos, así como llegaron, abordaron ambulancias de todo el país ya en el lugar, hacia lugares no programados del DF: el que se viera más vacío, con más necesidades por estructuras colapsadas, con más gritos, o con más silencios, para continuar, o iniciar casi 24 horas después, a mano limpia, el trabajo de rescatar a alguien con vida, dar un primer auxilio o rescatar cuerpos entre toneladas de varilla, escombro, desolación y muerte.

      Por casualidades ilógicas de la vida, el primer edificio en el que tocó ayudar los primeros 4 días, fue en la calle de San Luis Potosí en la colonia Roma: unos departamentos donde no se había recibido ningún apoyo y donde,mano a mano con los vecinos, fue posible salvar a varias personas y rescatar a muchas personas fallecidas, teniendo que tomar la difícil decisión de la tristeza por la muerte, o la satisfacción por dar a una familia la posibilidad de tener el cuerpo de un ser querido y la inenarrable experiencia de vivir de ahí en adelante con el miedo tatuado, por estar sobre las ruinas del edificio colapsado durante la réplica del sismo la noche del 20 de septiembre.

      En otra ocasión, ya con más orden en la operación, en un edificio de 15 pisos totalmente colapsado en Tlatelolco, se pudo abrir una especie de socavón vertical entre las estructuras derrumbadas y atado a una cuerda se pudo acceder al pozo, para constatar visual o auditivamente señales de vida o a esas alturas del desastre, a personas fallecidas atrapadas, con el impacto inolvidable de que bajar cada metro, era bajar a uno de los círculos de Dante, ya que alrededor aparecían cuerpos, partes, derrumbes, escombros y destrucción. 

      Conforme pasaban los días, se rotaba de ubicación, según se iba constatando que ya se había hecho todo lo posible, o que ya no había nada que hacer, trabajando en múltiples edificios derrumbados, con el invaluable apoyo del espíritu y de millones de manos de todo el país y de todo el mundo que, como una sola fuerza, dieron el empuje y la energía para realizar acciones que nunca hubieran sido posibles.

      Fueron casi tres meses y cientos de experiencias más que se vivieron en ese desastre, experimentando un mundo raro que combinaba la desgracia, la solidaridad y la esperanza; la necesidad de no oler la muerte, la imposibilidad de disfrazar el dolor y la tristeza propia y ajena y la desesperación de no poder hacer más que las manos y el ingenio, permitían.

      41 años de estas experiencias y de muchos otros desastres ocurridos, desafortunadamente parecería que no hemos aprendido lo suficiente y hemos olvidado el sufrimiento, pérdidas y dolor que causaron.  Seguimos sin aprender lo necesario, con funcionarios y empleados burócratas de protección civil de todos los niveles de gobierno, la mayoría improvisados y producto del compadrazgo y/o el interés personal, económico o partidista, que continúan prostituyendo la noble acción de las instituciones y el actuar de la gestión integral del riesgo, incluyendo con pedantería en su discurso términos que no entienden, pero mucho presumen. Sin duda, queda la tarea pendiente de hablar menos, hacer mucho más y aprender de la historia de sufrimiento, pérdidas y daños que provocan los desastres, que hoy más que nunca, son y seguirán siendo nuestros eternos compañeros.    Gracias por tu lectura.